miércoles, 14 de diciembre de 2011

Nunca es tarde para aprender


Antes mi Instituto era como los demás. Al inicio de curso el mismo cosquilleo en los dedos que piden cadenas que los aten. Pizarras limpias de tiza, sillas y mesas guardan con respeto las marcas en el suelo. Y los alumnos. Esos seres complicados y aparentemente hostiles que mantienen su postura de estar contra todo y contra todos. Adolescentes en plena efervescencia que me miraban con fingida indiferencia tratando de descubrir “de qué palo va esta tía”. Antes los alumnos venían ordenados en una lista. Con un poco de suerte, esa lista tenía fotografía que me ayudaba a mirarles a la cara y saber que existían.

El claustro lo formaba un nutrido grupo de profesores que se habían acostumbrado a trabajar desunidos y que, de pronto, se descubrieron en peligro. Había menos alumnos y, a menos alumnos, menos profesores. Así que se inventaron los Fantasmas, alumnos solidarios que ni ocupaban silla ni rallaban las mesas con estúpidas promesas de amor eterno. Esos alumnos no pagaban material, pero tampoco lo consumían. Se limitaban a ceder sus nombres a una estadística, esa que dice que hacen falta tantos alumnos para mantener a tantos profesores. Gracias a ellos, esos hombres y mujeres condenados a salir del centro en busca de otros aprendices, se quedaban un año más para seguir haciendo, tan mal o tan bien como siempre, lo que siempre habían hecho. Todo iba bien, los números salían, las clases estaban más desahogadas.

Hasta aquel día.

-¿Me podéis explicar por qué mi padre ha recibido una carta en la que se le advierte de las reiteradas e insistentes faltas de asistencia a las clases de su hijo? Me gustaría saber a qué hijo os referís porque yo estoy estudiando en otro Centro.

El problema que este hecho fortuito, fruto de la descoordinación y la falta de comunicación entre un ordenador y su respectiva impresora, hizo que se reuniera de manera urgente a todo el claustro para pensar en una posible solución al problema.

Era evidente que aquel método ya no podía seguir utilizándose por riesgo a que llegase a oídos de “aquél que todo lo puede” más conocido como Inspector. Igual que era evidente que las bajas masivas de alumnos, 45 en total, produciría una reacción en cadena directamente proporcional en el ámbito docente, o sea un montón de profesores a engordar la bolsa de trabajo. Durante mucho rato discutieron y divagaron sobre lo mal hecha que estaba la Ley de Educación, sobre lo mal que llevaba el asunto el ministro, sobre lo poco comprensivos que eran los padres, sobre lo irresponsables que eran los alumnos... O sea, no dejaron títere con cabeza. Hasta que alguien levantó la mano entre las cerca de 100 cabezas.

-Muertos.
-¿Cómo? –la pregunta se repartió desde diferentes lugares de la sala.
-¿Por qué no matriculamos a muertos?

Un murmullo, primero de sorpresa y después de aprobación, fue extendiéndose por toda la sala hasta llegar al director que miraba, entrecerrando los ojos, a través de sus gafas. No era conocido precisamente por su temor a saltarse las normas si lo consideraba necesario. Después de unos segundos, asintió.

No era algo difícil de hacer, un poco de interés, averiguar quién y cuándo, conseguir números de documentos de identidad con nombres y apellidos. Ir y venir de datos del cementerio a la Secretaría del Centro. Se prepararon los grupos clase, se les dio un currículum e, incluso, se les permitió escoger, simbólicamente, algunos créditos variables. A la hora de montar los grupos se optó por la forma más sencilla y en la que todos estuvieron de acuerdo. El grupo 4D se reservaría a los alumnos “especiales” por aquello de que estaban difuntos. El equipo docente aprovecharía las horas de dedicación a este grupo para realizar tareas propias de su trabajo, corregir exámenes, preparar exámenes, corregir deberes, leer el periódico…

El día de inicio de las clases, a las ocho de la mañana, los alumnos esperaban a las puertas del Instituto, como si entrar a clase fuese una acción deseada. Un viento frío recorrió a la multitud de adolescentes que se sacudieron como si el polvo se les colase por el cuello de las camisetas.


La profesora de pelo rizado e incómodas gafas granates entró en el aula con una carpeta a rebosar de documentos para revisar. Al acercarse a la mesa torció el gesto, le pareció una broma macabra que desde Secretaría le hubiesen dejado la orla con las fotos de 4D. Aún no había tomado asiento cuando la puerta se abrió y, uno tras otro, entraron aquellos cuyas imágenes revisaba atónita sobre el papel. Un frío intenso invadió el cuerpo tembloroso de la profesora y su corazón aceleró el latido hasta convertirse en una máquina imposible de manejar. Cayó al suelo fulminada ante la paciente mirada de aquellos jóvenes ilusionados por la nueva oportunidad que se les había brindado. Esperaron a que su corazón se detuviese del todo y sacaron las libretas. La profesora se levantó del suelo con un rostro levemente azulado y frío.

Reconozco que estaba algo aturdida cuando regresé a mi mesa y comencé a pasar lista. Me sorprendió el hecho de que ya no necesitaba aquellas horribles gafas granates.

El nuevo curso había comenzado.