viernes, 14 de diciembre de 2018

Nueva novela




PREÁMBULO

Todos tenemos sueños. No importa cómo sea nuestra vida, siempre buscamos algo que nos justifique. Los sueños son armas que los demás pueden utilizar contra nosotros, pero también son algo que nos ayuda a crecer y a ser mejores. 

Hay otra clase de sueños, aquellos que vivimos mientras dormimos. Cuando nuestra mente vaga libre por ese otro mundo sobre el que no tenemos ningún control. Entonces podemos toparnos con seres a los que desearíamos conocer, pero también con aquellos a los que tememos encontrar. 

Quizá los sueños sean mensajes que nos enviamos a nosotros mismos desde algún lugar lejano. 

Muy lejano.



Un principio 

Todos duermen. La noche es fría y sin luna. Sus pies se arrastran cansados atravesando el claustro. El anciano se dirige al scriptorium, le queda poco tiempo y los remordimientos no le dejarán morir en paz si no descarga su alma. Ya es tarde para hacer nada por ellos y lo sabe, su corazón se encoge cada vez que recuerda a aquel al que quiso como a un hijo. 

Quizá ese último gesto no sea más que fruto de su miedo a tener que rendir cuentas ante el Señor, aunque tampoco Él hizo mucho en su lejano trono. Suspira y una bocanada de aire frío sale de su boca. «Los remordimientos», se dice, «son mi castigo, he convivido con ellos tanto tiempo que se me han pegado al cuerpo como una capa de piel que no muta». Cierra la puerta tras él y se dirige a una de las mesas. Con cuidado saca el pergamino negro de debajo de su hábito y lo despliega sobre la mesa. Observa un instante la firmeza del escriba que dibujó aquellos caracteres rojos en una lengua arcaica, y se lamenta de que su profundo estudio del lenguaje olvidado hubiese propiciado que desentrañara los mensajes en él relatados. Se estremece. A pesar de su inmutable determinación no puede evitar que el temblor de sus manos le recuerde que es su alma lo que está en juego. 

Aparta a un lado el pergamino y se dispone a iniciar su narración. Coge el raspador y afila la punta de la pluma, después la introduce en el calamarium lleno de tinta. Se detiene y escucha atentamente. El viento aúlla entre las piedras del monasterio y juega a colarse por las rendijas alterando los nervios del viejo abad con sonidos que le recuerdan voces de su pasado. 

Respira hondo y su mirada se ve irremediablemente atraída de nuevo por el pergamino negro, como si aquellas palabras escritas con sangre lo llamaran a gritos en medio del silencio. La primera frase del conjuro resaltada por la mano del antiguo escriba se repetía en voz alta en la cabeza del anciano: Vendrá desde el otro lado y ocupará su lugar para sembrar en tierra yerma. Su lengua se retorcerá y sus pasos os guiarán hacia el futuro. Mientras él acecha en las sombras para darle caza, porque nadie puede vencer al Tiempo. 

El escriba marcó un rectángulo en el que deberá escribir el nombre con sangre de su sangre. Sabe el nombre que escribirá. Entre todos los que murieron solo puede elegir uno. Ha pensado mucho para dirimir cuál fue el principio de todo. Quién desencadenó la tragedia. 

Antes de eso tiene otra laboriosa tarea. Dejar constancia de todo lo que aconteció para que, en caso de que el conjuro funcione, todo esté narrado tal y como sucedió. El abad moja de nuevo la pluma y suelta el aire que ha quedado retenido en sus pulmones antes de colocarla sobre la superficie rugosa del códice. El silencio de la noche se ve suavemente alterado por el sonido que hace el instrumento de escritura al deslizarse. Escribe el encabezamiento: 

 «Testamento del abate del Monasterio de Suverte, Bertrand de Riell, a 2 de febrero del año del Señor 1017. He aquí el relato de mi historia, que me apresuro a escribir a sabiendas de que el destino cabalga hacia nosotros acompañado por Los Jinetes del Apocalipsis». 

 La luz de la vela titila, mientras la cera va cayendo tratando de escapar antes de quedar petrificada. Al anciano le duelen los huesos y su vista está cansada. La nieve se acumula fuera del monasterio y el día amanecerá con mucho trabajo para los monjes. Acerca más la vela al manuscrito, y comienza su narración: «Maese Pedro abrió el portón del monasterio con ruido de goznes herrumbrosos y madera vieja…»

martes, 13 de febrero de 2018

De plagios, negros literarios y otras mandangas

Estos días el mundo de la literatura romántica, y de los escritores indies en general, está más que revuelto. Al parecer se han descubierto los tejemanejes de un ¿par? de personas que no hacían las cosas muy honestamente que digamos. 

Esto ha dado pie a todo tipo de reacciones: aceradas, indignadas, estupefactas, furiosas, desilusionadas... Y a un montón de hastag molones, eso también. Por cierto #NoAlPlagio.


Vale, hablemos de esto de escribir: la literatura, los escritores y bla bla bla...

Yo no soy capaz de escribir una novela en una semana. Yo, primera del singular. No soy capaz, lo he intentado y no he podido. ¿Eso significa que no se pueda? John Boyne escribió El niño del pijama de rayas en dos días y medio.

No está en mi naturaleza decirle a la gente lo que se puede o no se puede hacer. Sí, yo soy de esas madres que nunca le cortó las alas a sus hijos y ahí están, intentando volar con muchísimo esfuerzo. La vida, hijos míos. (Qué decimonónico ha sonado eso). 


Tengo que confesar que yo era de las que se tiraba un año o año y medio para escribir una novela. Fase de documentación, primer borrador mientras sigues documentándote, primera lectura del borrador, reescritura, segunda lectura, reescritura, tercera lectura, reescritura, primera opinión lector 0, reescritura... ¡Ufff! 

¿Realmente esto es necesario? Pues al principio, sí, no nos engañemos. Una es novata y tiene mucho que aprender. Pero poco a poco vas profesionalizándote, conoces tus fallos, tus debilidades y le vas tomando el pulso a tu narrativa. En esto pasa como en cualquier otro ámbito de perfeccionamiento, no es necesario que se alineen los planetas, es una cuestión de trabajo y dedicación. Stephen King, que sabe algo de esto, dice que después de tres meses la novela ya huele. Pues eso.


En Amazon se ven muchas cosas, he visto a un autor que publicó tres novelas el mismo día, y más al cabo de una semana, estaba claro que no las había escrito él (o ella). ¿Las tenía guardadas en un cajón y se decidió a publicarlas de golpe? ¿Se las compró a otro? ¿Las robó? No lo sé, pero raro es. 

Luego están los rumores, los dimes y diretes. Esas cosas de las que todo el mundo habla que se hacen para estafar a Amazon (y a los demás escritores, y a los lectores...), pero cuando preguntas qué cosas son exactamente todos giran la cabeza y empiezan a silbar. Llevo aquí desde 2012 y todavía no sé a qué cosas se refieren. Me siento marginada. No hay derecho.


Recapitulemos. En primer lugar que quede claro mi desprecio para todo aquel que juegue sucio en cualquier ámbito de la vida. El literario también. Y en segundo lugar, pero no menos importante, mi admiración para todos esos autores indies que siguen luchando por conseguir su sueño. 

Dicho esto, volvamos a la pregunta: ¿Se puede escribir una novela en una semana? Seguro que sí, alguien puede (además de John), no me cabe la menor duda.

Hay una autora muy, muy, muy prolífica (que no prolija) ahora mismo en Amazon que tiene publicadas más de 100 novelas. Siempre hay una novela suya entre los tres primeros del Top. No la he leído, así que no puedo opinar sobre sus novelas, pero está claro que las lectoras la adoran. Mis respetos.

Si hubiese existido Amazon hace cuarenta años, Corin Tellado sería la autora más vendida (exactamente igual que lo era entonces, pero sin esconderla detrás de un biombo). Nunca salió en ninguna lista de los más vendidos. Escribía 40 folios diarios, siete días a la semana. Escribió más de 4000 novelas. Vargas Llosa quiso entrevistarla porque no podía creer que fuese más vendida que él. Fue ninguneada por el mundo literario, envidiada y despreciada por escribir un género «menor». Sin embargo, las lectoras la adoraban. Mis respetos. 

Otro día os contaré lo que para mí es novela romántica. Pero ese es otro tema.
 
¿Un café?


viernes, 2 de febrero de 2018

¿Qué tengo que hacer para ser escritor y autónomo?

Me he decidido a escribir esta entrada después de pasarme horas dando vueltas por Internet buscando información para saber cómo narices es eso de hacerse autónomo. 

Después de horas de lectura, de ver vídeos en Youtube y de una reunión con una gestora de emprendedores, finalmente me lancé y esta mañana he ido a Hacienda y a la Seguridad Social pensando que iba a realizar la tarea más difícil de toda mi vida (así son los vídeos de Youtube, te hacen creer que estás a punto de adentrarte en las Llanuras de Mordor, tal cual). 
Vale, si has llegado hasta aquí es que no has encontrado lo que necesitabas saber en ningún otro sitio (sin pagar, claro) y voy a tratar de ayudarte. 

En primer lugar yo lo he hecho de manera presencial, pero puede hacerse telemáticamente. En Hacienda debes tener un certificado electrónico o una Cl@vePIN. En la Seguridad Social no sé cómo va exactamente. Tendrás que averiguarlo en otro lugar, lo siento.
¿A que me perdonas?

Cosas que necesitas: DNI y número de cuenta bancaria. 

Procedimiento en Hacienda


Pedir Cita Previa en el apartado de Censos. Cuando estés allí asegúrate de mirar en qué planta te atienden (sí, ¿qué pasa? ¿tú no te despistas nunca?)

Debes rellenar el Modelo 037, donde pondrás todos tus datos personales y el domicilio. Lo normal es que te lo rellene el funcionario directamente en el ordenador, preguntando lo que no aparezca en tu DNI. 

Cosas importantes de este Modelo 037
402 Epígrafe de la actividad. El número de los escritores es el 861.2 (con la excusa de darte este numerito te cobrarían un dinerito en cualquier gestoría).

422 Superfície (m2) - 423 Grado de afec.
En estos dos puntos debes incluir los metros cuadrados de tu vivienda, que va a ser tu lugar de trabajo, y qué tanto por ciento emplearás para escribir. Es decir, tienes que explicar cuánta superficie utilizarás para realizar la tarea de escribir y según los metros cuadrados ocupados averiguar el tanto por ciento del total. Para que lo entiendas, si tenemos un piso de 100m2 (casilla 422) y ocupamos una habitación de 25m2, el grado de afectación es del 25% (casilla 423).

¿Para qué hacemos esto? Pues verás, como trabajamos en nuestro domicilio hacemos uso de luz, agua, gas y teléfono particular. Un 30% de estos gastos serán deducibles en nuestra declaración trimestral, pero para ello debemos establecer un marco, no vale ponerlo todo. El tanto por ciento ocupado nos dará ese marco. 

Y así has terminado con Hacienda. Te dan las tres hojas del modelo 037 y nos vamos a la Seguridad Social. 

Procedimiento en la Seguridad Social:


Entregas la documentación que te han dado en Hacienda (eso simplifica mucho las cosas). Rellenas el documento de Alta en el Régimen Especial de Trabajadores por Cuenta Propia o Autónomos. Te hacen un par de preguntas personales (número de cuenta, ya sabes...) y ya está hecho todo el trámite. 

Ya eres escritor y autónomo.


Cosas que te interesa saber al respecto: A fecha de hoy, 2 de febrero de 2018, las cosas son así. 

La actividad del escritor de libros se encuentra regulada en el Real Decreto 2621/1986, de 24 de diciembre (por si quieres buscarlo y pasarte un rato ameno leyéndolo). Aquí se integran, además de los escritores, los Ferroviarios, Futbolistas, Representantes de Comercio, Artistas en general y Toreros. Sí, has leído bien: Toreros.

En la actualidad contamos con una bonificación de dos años para nuevos autónomos. He dicho nuevos, que quede claro. Esta bonificación funciona de la siguiente manera:

Durante los primeros 12 meses pagarás solo 50 euros al mes. Sin importar la cuota que tengas. 
Los siguientes 6 meses pagarás el 50% de la cuota total.
Los últimos 6 meses pagarás el 70% de la cuota total.

Las declaraciones son trimestrales: abril - julio - octubre - enero.
Tendrás que hacer la declaración de la renta personal, como todo el mundo, una vez al año.

Y hasta aquí todo lo que necesitas saber si eres escritor y quieres hacerte autónomo. El trámite es muy sencillo, te lo aseguro. 



jueves, 18 de enero de 2018

Conversaciones a media noche

Hoy ha sido un día productivo, lo que para una escritora es todo un logro. Y es que para alguien que realiza un trabajo creativo, como es la escritura, resulta imprescindible cumplir un horario.

Es taaaaaaan fácil dispersarse. Eso nos pasa a todos, no lo neguéis, a vosotros también. Si no es así contadme vuestro secreto, prometo no odiaros. 

Mi hijo es muy organizado y me ayudó a hacerme un horario, bastante estricto no creáis, pero muy práctico. 

Debo confesar que tiendo a procrastinar (odio esa palabra). Voy a echar un ojo a Instagram. Mira qué foto tan chula ha colgado María Martínez de sus novelas. Ostras, la tortilla vegana de Anabel Botella parece de lo más apetecible. La abuela de Mis cultura es realmente adorable. ¿Será posible que Jorge Magano haya hecho una foto a su hijo cuando se pillaba uno de sus deditos en un cajón? Esto... Ya lo he vuelto a hacer. 

Según mi horario debería estar durmiendo. Llevo diecisiete minutos de retraso; creo que he tomado demasiado té y por eso estoy tan despierta. Antes me tomaba tres tazas de café al día y para quitarme del café me he enganchado al té, ¿qué os parece? Ahora tomo un café y dos tes. No sé si será cierto que el té es más beneficioso, espero que sí.

Será mejor que vaya a bajar la calefacción y me acueste. Mañana a las siete sonará el despertador y me acordaré de vosotros, ahí durmiendo tan ricamente. 

¿De verdad vas a publicar esto?

Noooo, que va.


lunes, 15 de enero de 2018

Nueva etapa

Han cambiado unas cuantas cosas en mi vida y como siempre que han habido cambios en ella he venido a este espacio tan íntimo y personal a compartirlos, pues aquí estoy.

Empecé el blog hace ya unos cuantos años, doce, para ser exactos. Sería de agradecer que Blogger se currara un poquito los detalles y nos hiciese algún regalo a los miembros honoríficos, aunque esos miembros se hayan prodigado poco últimamente.



Lo cierto es que no me daba la vida. Trabajar fuera de casa, tener familia y ser escritora son arduas tareas que no se llevan bien a no ser que seas una Superwoman, y yo no lo soy (ya escribí sobre esto un tiempo. Leer el relato aquí). 

Mi casa se resiente de mi empeño por arrancar unos minutos para escribir de cualquier grieta en el espacio/tiempo que encuentre. Debo reconocer que soy la vergüenza de las ama de casa. No me aceptarían en ninguna reunión de Tupperware, me echarían a patadas de cualquier foro de pasteles y nunca dejo que me metan en grupos de Whatsapp: ni de madres, ni de compañeros de trabajo, ni de escritoras. Sobre todo de escritoras. 

Siguiendo con las confesiones os diré que muchos días me iba a trabajar sin haber hecho la cama y que tengo un robot de esos que aspiran solos porque barrer me parece una pérdida de tiempo insoportable. Le llamamos Robi y es un miembro muy querido de la familia. También he dejado de planchar la ropa. Del todo. Definitivamente. Lo siento, es una cuestión de prioridades.



Y aquí vienen los cambios. Hace un tiempo, no diré cuánto para no dar pie a que me busquéis, decidí empezar a escribir novelas con seudónimo. ¿Por qué hice esto? Pues fueron una serie de factores los que me llevaron a hacerlo. Uno de ellos, la saga juvenil. Esa saga tiene un montón de horas de trabajo, años de escritura en los que traté de profundizar en un tema que me parecía de lo más atrayente. Pero que, por el motivo que sea, no ha conseguido todos los lectores que yo esperaba. Yo y la editorial, todo hay que decirlo. 

Y aprendí una máxima: a los lectores no les gusta que los despistes.

¿Esto qué significa? Pues según mi editora y muchos gurús de la literatura, los lectores identifican un género con un autor y si eres un autor al que le gusta navegar por diferentes géneros pues te vas a dar una buena…



Así que decidí demostrarme a mí misma si eso era cierto y creé un seudónimo. No os diré el género para no alimentar el morbo de ir a buscarme. Pero he descubierto que eso que me habían contado durante años era totalmente cierto. Los lectores se identifican con el autor y si les gusta la novela de terror de un autor en concreto no quieren que de repente se ponga a escribir comedia, un género que no les interesa. 

De esta manera puedo deciros que ahora tengo un alter ego, que probablemente algún día os presente, pero que de momento permanecerá en el anonimato. Ese alter ego no me ha dado más que satisfacciones y me ha hecho recuperar la ilusión y, sobre todo, las riendas de mi vida. Que está muy bien ser una autora de Penguin Random House Mondadori (creo que no les caben más nombres en el rótulo), pero yo lo que quiero es vender libros, porque eso hace que tenga lectores y me permite seguir escribiendo.




No sé a dónde me llevará esta nueva etapa en mi vida, pero intentaré que sea lo más lejos posible. Y dentro de estos cambios incluiré el regreso a este blog. Una nueva etapa llena de incógnitas y emociones. 

Pero ¿no es así en cualquier aventura? 

Prometo poner café o té en cada reunión, vosotros podéis traer las pastas. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

El síndrome de "Superwoman", nuevo mal de la mujer moderna.

Te levantas a las seis de la mañana. Necesitas tiempo para ducharte, estirarte el cabello, maquillarte... Después, preparas el desayuno: café recién hecho (ya sabes que a tu consorte no le gusta recalentado), tostadas y el Colacao de los niños.

Antes de despertarles te pones los tacones y bajas a por el pan. No puedes enviar a los muchachos al colegio con un bocata de pan duro. La panadera te dice que estás estupenda como siempre y te da las dos barras de cada día. En el fondo piensa que eres una pija insoportable, que vives mejor que la Reina y que la miras por encima del hombro. ¡Si ella supiera!

De vuelta a casa, levantas las persianas. Primero la de tu marido, que es un cielo cuando duerme, pero se transforma en un león marino al despertarse. Ruge, muge y emite todo tipo de sonidos ininteligibles en tono de lamento, insistiendo, como cada día, en que no hay derecho a la vida que lleva. Después les toca a los niños esos angelitos que ayer provocaron de nuevo ese molesto tic bajo tu ojo, cuando se dijeron mutuamente una larga ristra de insultos que ni siquiera sabías que sabían. Les despiertas con besos y arrumacos, les haces cosquillas y les ordenas que se levanten y vayan a desayunar.

Has de estar al día de los nuevos avances científicos y sus aplicaciones domésticas o dietéticas. Has de conocer los alimentos adecuados a cada edad y la frecuencia en que deben tomarlos. Sabrás que tus hijos necesitan un mínimo de medio litro de leche diario (mejor 750 cc) y que no deben ir a clase con el estómago vacío. Para almorzar, un buen bocata. Nada de esas pastitas que anuncian en televisión esos chicos y chicas estupendos y felices que ven tus hijos mientras toman su Cola Cao. Esas perjudican su salud, y tú te preguntas: y entonces ¿por qué las hacen?
No te lo preguntes.

Recoge la cocina y a los niños, despídete de tu maridito y rápidamente: al coche. Tienes el tiempo justo para dejarlos en la puerta del cole una hora antes de que empiecen las clases, porque si no, no llegas a tu trabajo que, curiosamente, comienza a la misma hora que el colegio. Menos mal que está el servicio de acogida del centro escolar (previo pago, claro).

Una intensa mañana de trabajo subida en tus tacones, que a tu jefe le gusta dar buena imagen. ¡Se los podía poner él! (piensas tú).
No pienses.

Haces jornada intensiva porque si no, no llegas a recoger a los niños a las 16:30h. después de comerte un sándwich o una ensalada (hay que mantener la línea). El mayor hace Jockey y el pequeño Kárate, apenas tienes tiempo de llegar a los dos sitios. Mira que intentaste convencerles de que si hacían lo mismo sería mejor para todos. Quizá ese fue el error: hacerles saber que así colaboraban.

Tienes tres cuartos de hora para poner la lavadora y recoger las gafas de tu marido. Después vuelves a por los niños y a casita, justo a tiempo para preparar la merienda, asegurándote de que el bocata no sea de lo mismo que por la mañana. Te preparas un café, aunque sabes que te va fatal para la celulitis, y te acuerdas de que el fin de semana tienes una liposucción. Ya son cuarenta años y tu cuerpo necesita un buen repaso, de los que te hacen si llevas el monedero a reventar de billetes.

Lo de la lipo lo decidiste cuando viste a tu marido mirar de arriba a abajo a una jovencita en la puerta del cine. No es que te preocupe que te ponga los cuernos, tú eres una mujer de hoy y estás preparada para afrontar cualquier situación, pero te diste cuenta de que empezabas a dejar de ser perfecta y para eso no estás preparada.

No te olvides de la secadora, que la ropa se estropea si la dejas mucho rato mojada. Terminas de planchar y abres la nevera para hacer la cena. Los niños no deben ir a dormir tarde, es malo para su rendimiento escolar. La camiseta del pequeño tiene una mancha de aceite. Es su preferida, no puedes dejarla así hasta mañana.

Por la noche, cuando te vas a la cama, tu esposo se queja de que eres una reprimida, que nunca te apetece cuando él tiene ganas. No entiende por qué estás siempre tan cansada, tienes jaqueca, mareos y no puedes dormir a pesar de insistir en que estas destrozada. Trabajas mucho menos que él, que llega cada día a las 9:00h.


Te has convertido en una Superwoman, que traducido al castellano sería algo así como: una ingenua sin perspectiva que cree poder ocupar el lugar que durante siglos ocupó el hombre, sin abandonar el suyo.

martes, 7 de febrero de 2017

La magia del orden o cómo desprenderte de lo que no te hace feliz

Yo no sé vosotr@s, pero yo no siento especial devoción por las tareas domésticas, aunque me gusta el orden. Me levanto temprano todos los días, no me importa si es sábado o lunes. Un café, para decirle a mi cerebro que se ponga en marcha, y a escribir. Día sí y día no voy al gym o salgo a correr. Hacer la comida, comer y a trabajar por  cuenta ajena.

Esta es mi rutina de lunes a viernes y no lo llevo del todo mal. Pero a esto, además, debemos añadir la muy loable tarea de mantener la casa limpia y ordenada, y siendo sincera yo no tengo madera de superwoman, a pesar del relato que escribí hace tiempo y que podéis leer aquí.

Con la edad y los años, que curiosamente son coincidentes, he aprendido mucho en aquello de: «no es más limpio el que más limpia sino el que menos ensucia» y reconozco que soy bastante diestra en organizar para no tener que organizar demasiado. A pesar de ello, cuatro adultos en una casa son capaces de desorganizar al más pintado y que conste que los cuatro remamos juntos y en la misma dirección.

Y, vete aquí, que procrastinando en la red social de las tres des: distrae, desconcentra y deprime, mayormente conocida como Facebook, me encontré con el estado de una admirada y querida bloguera, Carmen Forján, en el que hablaba del libro de Marie Kondo: La magia del orden.

Y mira tú que se me abrió el cielo así, literalmente. Pensé, ya está, por fin hay un método que funciona. Me fui a por el libro de marras y me lo leí enterito en una noche, sin parar ni para coger aire. Eso fue el jueves.

El sábado puse patas arriba mi habitación.

¿El método funciona? Sí, funciona. Claro que tiene una máxima que lo hace fácil: primero has de deshacerte de todo aquello que no necesitas/quieres/te hace feliz.

Sí, el método Konmari se basa en que debes conservar aquellas cosas que te aportan felicidad. Una premisa excelente. ¿Quién no quiere vivir rodeado de cosas que le hagan feliz? Ni os imagináis la cantidad de cosas que acumulamos en nuestro día a día que no nos aportan nada. Entre esto y todo aquello que guardamos por si acaso, tenemos una ingente cantidad de basura guardada en nuestros armarios.

He de confesaros que a mí nunca me ha costado tirar, no soy de esas personas que guardan todo aquello que cae en sus manos. Cojo cariño a los objetos, pero no a todos los objetos. Ahora sé por qué: porque no me aportan felicidad.

Este método puede aplicarse a la ropa, los libros, la cocina, el baño… Básicamente se trata de liberar espacio eliminando todo aquello que solo hace eso: ocupar sitio sin ninguna finalidad. Todo aquello que no tiras porque te da pena o te sabe mal, pero que jamás vas a utilizar. O sea: todo lo que convierte tu armario en una sucursal del contenedor de basura.

Cuando te has deshecho de todo lo que en realidad ya habías tirado aunque estuviese de cuerpo presente, solo queda ordenar lo que sí te hace feliz. Aquí es donde el método es de lo más eficiente. Marie Kondo te enseña cómo doblar tu ropa de modo que al colocarla siempre podrás ver todo lo que tienes con un solo vistazo. En lugar de amontonar las prendas una sobre otra de modo que tendrás que levantar una camiseta y otra y otra hasta encontrar la que buscas, las tendrás todas a la vista.

En casa el método ha trascendido y todos nos hemos puesto a ello. La mayor dificultad la veo en la librería, pero prometo organizarla en cuanto me sea posible.


¿Conocéis a Marie Kondo? ¿O tenéis vuestro propio método? 

domingo, 18 de diciembre de 2016

Los Vetalas - El Quinto Sello IV





Prólogo

Bajó los escalones tallados en la piedra y entró en la pequeña cripta. Las velas crepitaban en la penumbra de la estancia. En la pared del fondo había un nicho con una urna de cristal. El Vetala se acercó enrabietado, como siempre que bajaba allí. La mirada vacía de Alana lo observaba desde el otro lado del cristal. Se había llevado la cabeza del lugar del accidente para poder recomponerla más tarde colocándola sobre sus hombros. Pero aquel maldito Diletante lo había estropeado todo al quemar el cuerpo. 
Siempre que miraba aquellos ojos vacíos, se repetían en su cabeza las palabras que le dijo la Guardiana antes de inyectarle el veneno de Rosa Silvestre. Antes de dejarlo atado en aquella cueva. Antes de morir: «Recuerda a Kalen». Desde entonces sentía en su mente la imperiosa necesidad de recordar. Una necesidad que iba creciendo día a día, como si el dueño de aquel nombre tuviese la llave de un secreto vital. Había tratado de averiguar quién podía ser ese misterioso personaje, sin éxito. Y la única persona que podría haber aliviado su ansiedad lo miraba a través del cristal de una urna colocada en uno de los muros de aquella cripta. 
Salió de allí antes de perder el control. En esos momentos era lo último que necesitaba. Avanzó por el túnel y bajó otros dos tramos de escaleras adentrándose en la profundidad de la cueva. Cuando atravesó la puerta de hierro los sonidos ya eran inteligibles para su oído, aunque aún estaba lejos de las zonas habitadas. Recorrió el kilómetro que lo separaba de aquellos sonidos y entró en una gran sala, una caverna natural que no aparecía en ningún mapa. En ella el ambiente era fresco y limpio, a pesar de que más de trescientos Vetalas inceptos se entrenaban con ahínco en la lucha cuerpo a cuerpo. Había sido muy bien acondicionada y la luz era tan potente como estar a pleno día.
Nadie abandonó su tarea al ver aparecer a Gúdric. El antiguo Guardián trataba de inculcar a los suyos la conciencia de igualdad. Y por eso lo respetaban. 

Atravesó la enorme sala y siguió avanzando por otro pasadizo hasta llegar a una caverna más pequeña y oscura. El miedo supuraba por aquellas paredes de piedra. Cientos de ojos humanos, extraviados por el terror, observaban a aquel monstruo que venía a robarles el alma.

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