miércoles, 31 de enero de 2007

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, vio la luz en 1847, pocos meses después de la publicación de Jane Eyre, obra de su hermana Charlotte. Se trata de una novela dura, con personajes de carácter, en algunos casos, extremo y cruel. Emily creó a sus protagonistas directos y sin ambages y eso no gustó ni al público ni a la crítica de la época que los calificó de brutales e inhumanos.

Emily Brontë se retrata a sí misma como un ser de múltiples facetas y crea dos personajes, Heathcliff y Catherine, que componen la propia esencia de la escritora. Cuando Catherine afirma "Heathcliff soy yo" es la propia Emily la que grita.

¿Es Cumbres borrascosas una historia de amor? Esa es, quizá, la emoción que se halla más ausente durante la narración, a pesar de ser la constante en la historia. Durante el desarrollo de la novela el corazón se va cubriendo de una capa de escarcha que apenas se disipa por las esquinas.

¿Amaba Heathcliff a Catherine?: "Aunque él la amase con toda la fuerza de su mezquino ser, no la amaría tanto en ochenta años como yo en un día."
¿Era Catherine un ser capaz de sentir amor? "... nunca sabrá cuánto le amo, y eso no es porque sea guapo, Nelly, sino porque es más que yo misma. De lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son lo mismo...".
El uno sin el otro no tiene razón de existir, pero juntos son incapaces de desarrollarse. Se aman y se odian por igual, se buscan y se rechazan, no pueden mantenerse indiferentes ante el dolor del otro, dolor que ellos mismos provocan: "No me importa que sufras, no me preocupan tus sufrimientos, ¿por qué no habrías de sufrir? Yo sufro."

La novela se inicia con la llegada del señor Lockwood, nuevo inquilino de la Granja de los Tordos. De la mano de este imprudente personaje nos adentraremos en la hostil atmósfera de Cumbres borrascosas y sus habitantes. De boca de Nelly Dean, una especie de ama de llaves, escucharemos la historia de Heathcliff, Catherine y su hermano Hindley, que se inicia con la llegada del señor Earnshaw, padre de Catherine y Hindley, con un huérfano gitano de la mano: "Nos agrupamos a su alrededor y, por encima de la cabeza de la niña, pude atisbar un niño sucio, andrajoso y de pelo negro, lo suficientemente crecido como para saber andar y hablar." "(...) le habían bautizado con el nombre de Heathcliff, que era el de un hijo que murió de niño, y le ha servido desde entonces de nombre de pila y apellido."

Heathcliff es un resentido, un ser capaz de soportar todo tipo de agresiones y guardarse su odio en un pozo oculto que alimenta durante años sabiendo que le hará fuerte: "Estoy pensando en cómo me las voy a arreglar para que Hindley me las pague. No me importa el tiempo que tenga que esperar si al fin lo consigo. Confío en que no se muera antes que yo". El niño huérfano que llega a una casa cuyos habitantes, en su mayoría, le serán hostiles, conoce también el cariño y la comprensión de su impuesta "hermana", Cathy, que se siente irremisiblemente atraída por él; pero ese amor lejos de hacerle bien será el arma que utilizará el destino para destruir su alma: "¡Oh, Dios, esto es impronunciable! ¡No puedo vivir sin mi vida, no puedo vivir sin mi alma! –golpeó su cabeza contra el nudoso tronco y, levantando los ojos, bramó, no como un hombre, sino como una fiera salvaje acosada a muerte con cuchillos y dardos".

Cathy y Heathcliff son dos caras de una misma moneda, todo lo que el otro no puede mostrar pero siente en su interior. Pero Catherine también es voluble y vanidosa y siente una irresistible atracción por la familia Linton, sus fiestas, sus vestidos, sus lujos, son cosas a las que no está dispuesta a renunciar. Cree, en un delirio de niña mimada, que puede conservar a Heathcliff como si de un perrito faldero se tratase, y conseguir entrar en la familia Linton de la mano de Edgar, su primogénito: "Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo ya sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible, pero necesario. Nelly, yo soy Heathcliff, él está siempre, siempre en mi mente; no como un placer, como yo no soy un placer para mí misma, sino como mi propio ser."

Heathcliff se aleja de los protagonistas masculinos al uso. Es un ser orgulloso sin que ese orgullo tenga origen en ningún hecho remarcable, no es un héroe salvador, no es un caballero bondadoso, no es un ser maltratado que busca redimirse. Heathcliff es un perfecto villano, un ser sin escrúpulos, no hay ni un ápice de compasión en sus actos, no da un paso atrás en su actitud en ningún momento de la historia. Te agarra las entrañas y las retuerce sin dudarlo un instante, te mantiene en una constante congoja por todo aquél que le rodea. Hasta de las piedras que pisa, oyes el gemido. Su sed de venganza, su amor no culminado le llevará a una lucha contra todo y contra todos, especialmente hacia aquellos que podrían haberle dado algo de amor. La permanente tortura que le supone estar vivo, la presencia constante e intangible del ser que ama, le condena a un suplicio insuperable.

La atmósfera de Cumbres borrascosas atraviesa el papel, sientes en la cara la brisa fresca de los páramos y escuchas el sonido del viento que furioso trae mensajes de muerte y desolación. La naturaleza humana en su faceta más descarnada se muestra en unos seres que van siendo martirizados emocional y físicamente por el destino que ellos mismos se buscan, en algunos casos, y que les viene dado sin consultarles, en otros. Así la saga de los personajes principales se abre como un paraguas dejando en manos de su verdugo a la descendencia de todas las comparsas de la obra. Heathcliff, en su delirio, ingeniará un plan para cobrarse la deuda, de la que cree ser acreedor, en la figura de Catherine, hija de su amada, y Linton, su propio hijo, sin tener en cuenta a Hareton, descendiente de su odiado Hindley, en el que, curiosamente, no puede dejar de ver el rostro de aquella a quien ama y que será el eslabón por donde se rompa la cadena.

El lector se verá golpeado metafóricamente y obligado a entender el mundo desde la perspectiva de una sociedad oscura, supersticiosa, cruel, inculta y rígida. Algo semejante a lo que en nuestro país se ha dado en llamar "la España profunda". La naturaleza se convierte en un personaje más de la obra, tiene sentimientos y padece, aquí encontramos uno de los muchos puntos que convierten a esta obra en un paradigma del romanticismo. Otros serían, la no separación entre lo real e irreal, razón y sentimiento, amor y muerte (os remito a: El romanticismo).

Los protagonistas cuentan con una gran fuerza psicológica, les ves en origen y en su evolución, te sorprenden. Cuando empiezas la novela no hay ningún dato que te ayude a entender el porqué de su final, ya que es la lenta narración, la vida diaria de sus personajes la que oculta el mensaje que Emily Brontë intentó trasmitir.

Heathcliff, apasionado, irracional, cruel, fiel hasta la muerte, será víctima y verdugo, un ser atormentado y dañino, que está presente desde el principio hasta el final de la historia, tronco en el que la escritora inglesa sostendrá su casa. La desgracia y el drama surgen de un amor y será otro amor el que consiga romper el sino.

"¿Te das cuenta de que estas palabras quedarán marcadas con hierro candente en mi memoria, y que me van a corroer eternamente, cada vez más hondo, cuando tú me hayas dejado? Tú sabes que mientes cuando dices que te he causado la muerte, y, sabes, Catherine, que antes olvidaría mi propia existencia que a ti. ¿No basta para tu diabólico egoísmo que mientras tú descansas en paz, yo me retuerza en las penas del infierno?".