lunes, 31 de octubre de 2011

La niña muerta


Tiene las facciones desubicadas y una mirada hacia ninguna parte. Cuando era niña su padre cerraba los ojos cuando la besaba en la frente. Siempre tuvo miedo a las palabras que no entendía y se escondía de los sonidos que salían de aquellas bocas hirientes. Se marchó una noche y se perdió en su destino. Llevaba el vestido blanco de los domingos, con el que iba a misa a rezar por sus pecados. Dejó la muñeca esgonzada sobre la cama deshecha y la goma del pelo caída en el suelo. Nadie la vio irse, nadie la oyó despedirse. Tan solo el viento la siguió un rato hasta que se cansó.
El padre se vistió de pena y esconde el alivio dentro de la pipa, que se fuma cada noche mirando al fuego. A todos les dice que ha ido a reunirse con su madre, que en gloria esté, y mira hacia el cementerio disimulando un escalofrío.

Cada 31 de octubre las campanas del pueblo suenan a muerto y dicen los que allí viven que, cuando empieza el repiqueteo del badajo, puede verse a la niña paseando por las calles desiertas. Su vestido refulge con la luz de la luna y el pelo suelto le llega hasta la cintura. Tiene las facciones desubicadas y una mirada hacia ninguna parte y en el cuello un collar hecho con la soga que arrastra a su paso.



Feliz Halloween