martes, 5 de febrero de 2013

6 de febrero, en todas las librerías



Se oyó un sonido semejante al graznido de un cuervo. Los dos amigos se miraron y un gesto de terror se dibujó en sus rostros. El tercer hombre gritaba desde la entrada.
—¡Corred! ¡Rápido! La puerta va a cerrarse, ¡salid de ahí! ¡AHORA!
No dejaron de mirarse, los ojos de ambos habían quedado petrificados. Un gemido acabó por hacerles reaccionar. Ella estaba semiinconsciente en el suelo, un hilillo de sangre salía por la comisura de sus labios. Dulces labios aquellos.
—No podemos dejarla aquí —dijo uno de ellos arrodillado junto al cuerpo roto de la mujer.
El otro se levantó, los gritos apremiantes del tercer compañero se oían desesperados. La entrada estaba ya medio cubierta de arena.
—No podemos hacer nada por ella... A no ser que quieras quedarte y seguirla.
—No puedo abandonarla. —Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Se está desangrando, ya está muerta.
—Aún no —susurró.
La mujer respiraba con dificultad. En ese momento ocurrió algo que les puso los pelos de punta y estremeció su cuerpo con una violenta sacudida: los ojos de la mujer se abrieron y les miró, primero a uno y después al otro. Quizá sabía que iban a abandonarla, su mirada era vidriosa y apenas podía fijarla más de dos segundos. El que estaba de pie cogió la mochila y corrió hacia la salida temeroso de no poder hacerlo si esperaba un instante más. El otro, el que estaba arrodillado junto a ella, comenzó a sollozar, sabía que no podía salvarla y que también él moriría sin esperanza si no se levantaba y corría. La entrada no tardaría mucho en llenarse de arena por completo, esa era una de las formas que tenían para proteger sus tumbas. Miró alrededor buscando la mochila, pero no estaba. Acercó su rostro al de ella y la besó en los labios, a pesar de todo la amaba. Ella volvió a abrir los ojos. Aquella mirada le persiguió mientras subía el montón de arena que se había acumulado en la salida, le persiguió mientras colaba su cuerpo con dificultad por la pequeña abertura que aún quedaba libre.
Y le perseguiría el resto de su vida, siempre que cerrara los ojos.
Siempre.