viernes, 16 de marzo de 2012

Querer, no provoca tristeza.

Le quedaban dos meses de prácticas en la nursería del hospital. Se había acostumbrado a los zuecos y la bata azul que le hacían ponerse. Ya tenía por la mano el ritmo de trabajo, sabía que debía empezar por arriba a la derecha y seguir hacia la izquierda, cambiando pañales y dando biberones. Cogía a los recién nacidos con soltura y seguridad, los bañaba en la pica y les cantaba, porque era de talante agradable y cariñosa. Le gustaban los niños, no para comérselos, le gustaban porque los consideraba seres excepcionales. Eran una criaturas indefensas y, sin embargo, capaces de despertar en los adultos (al menos en casi todos) un sentimiento tan protector y profundo, que convertía a aquel encargado de cuidarle, en un caballero de armadura, una bruja sin escoba o un luchador de sumo, frente a cualquier posible agresor.

Iba un día sí y otro no, cambiando de turno a mañana o tarde, cada vez. Aquel día llegó a las cuatro y estaría allí hasta las diez, su jornada era de seis horas. Cuando entró, equipada ya con su uniforme, le llegó un extraño sonido que no reconoció, entre los lloros y ruidos normales de cada día. Parecía el maullido de un gato, muy flojo y repetitivo.
Las caras de sus dos compañeras estaban más serias de lo habitual. En una de ellas la seriedad era el estado normal, pero la otra era más alegre y se sorprendió ante su expresión sombría.
La monja se acercó a ella. La monja, a la que llamaban madre (qué cachondos) era la supervisora, daba órdenes a diestro y siniestro y después se marchaba a "su despacho". En aquel momento levantaba un dedo amenazador:

- Ese bebé que está allí, no lo cojas. No se lo enseñes a su padre aunque insista. No lo saques de la incubadora para nada ¿has entendido?
- ¿No hay que darle de comer? -preguntó sorprendida- ¿Por qué hace ese ruidito?
- Porque se va a morir.

Lo dijo así, como si hubiese anunciado que la hora del biberón se adelantaba diez minutos. La enfermera en prácticas se quedó inmóvil, observando aquella incubadora que emitía un quejido anónimo y, ahora, desgarrador.

- Lo hace para que no nos encariñemos y luego lo pasemos peor -la veterana se sabía bien la lección.
Pero la muchacha no podía entender qué narices importaba eso. Ya se les pasaría. Aquel bebé debía quedarse allí, solo, esperando a que sus pulmones o su corazón, se detuviesen, para que ellas, unas pobres trabajadoras de la salud, no fuesen a pasar un mal rato.

Intentó hacer su trabajo, cambiando pañales de niños sanos, dando el biberón a niños hermosos y mostrándolos a padres emocionados que venían a poner la nariz en el cristal para que le dijesen cual era el suyo.
Hasta que le vio. Estaba apartado, apoyado en la pared, con la mirada perdida y una expresión profundamente triste.
- Es el padre. Su mujer aún no lo sabe. Tuvo un mal parto y se ha pasado todo el día durmiendo.
- ¿Y cuándo van a decírselo? A lo mejor le gustaría abrazarlo antes...
- Eso pienso yo, pero aquí nosotras no decidimos.

Sabía que le quedaban dos meses de prácticas y que eso podía repercutirle y mucho, en su nota final. Pero, a decir verdad, tampoco lo pensó demasiado. Fue a la incubadora y cogió al bebé en sus brazos. Lo acunó, lo besó, le cambió los pañales y después lo acercó al cristal. El hombre, al otro lado, la miró un instante y después se marchó. Volvió a la habitación, con su mujer.

La que un día sería enfermera miró al niño y comenzó a cantarle una nana, una que le cantaba su madre cuando era pequeña y que tenía reservada para cuando ella tuviese un hijo.

Dos días después tenía turno de mañana y se fue directa hacia la incubadora, pero estaba vacía. Cogió los biberones del calentador y se dispuso a dar de comer a los pequeños que ya berreaban, como un reloj. Mientras los sostenía pensaba que cuando acabasen sus prácticas debería decirle a Sor Maite que se equivocaba, que contrariamente a lo que ella pensaba, querer, no provocaba tristeza.
Y sonrió.