jueves, 2 de agosto de 2007

Respirar perjudica seriamente su salud (no hacerlo, también, pero es más rápido)

Mi padre era un fumador empedernido, de esos que salían en las películas antiguas que parecían estar pegados al cigarrillo. Cuando era niña mi cerebro tenía asumido que el aire huele a humo de tabaco. El pobre hombre dejó de fumar unas cuantas veces y, después de esos pocos días, el ansia se apoderaba de él de tal modo que con la colilla de un cigarrillo encendía el siguiente.

Yo no fumo, nunca he fumado, quizá porque temo que en mi está el gen de la adicción y no quiero ponerme a prueba. Mi marido no fuma. En mi casa no se permite fumar más que en la terraza. En fin, que desde que me independicé de mis papis hace ya… bueno, mucho tiempo, mi ambiente es puro y huele a… nada.

Todo esto viene a una noticia que he leído en El País. com esta mañana y cuyo titular dice así: “Los riesgos para la salud de tener una impresora láser en la oficina”Un estudio de una universidad australiana alerta de que las impresoras láser producen emisiones equiparables al humo de los cigarrillos.

Me he quedao muerta/matá, que diría aquella gran pensadora de la que ahora mismo no recuerdo el nombre.

La noticia no tiene desperdicio, os animo a leerla. A los fumadores os servirá como argumento para vuestras discusiones y a los no fumadores, bueno, a esos os sentará como una patada allí.

Y ahora ¿cómo le explico yo a mi jefe que hay que librarse de las impresoras? ¿Dónde las ponemos? Me imagino una sala apartada de todos, un ala del edificio en desuso, pasillos oscuros donde los florecentes que aún funcionan titilan amenazando con apagarse para siempre. Al fondo una puerta con una clavera y dos tibias cruzadas.

Ascen mira por encima de sus gafas.
–¿A quién le toca ir hoy a por las matrículas?
Olga pone cara de pocos amigos y responde.
–Sólo hace un mes que fui a recoger las preinscripciones y tengo dos niños pequeños que me necesitan. Ve tú, los tuyos ya son más grandes.

Ya ves, si algo se me hace cada día más evidente es que no puedes controlarlo todo. Mi suegro siempre dice que “donde está el cuerpo está el peligro” -un gran filósofo mi suegro- y tiene razón. Nada hay más arriesgado en este mundo que el proceso natural y del todo necesario que nos impulsa cada día a abrir la boca y coger aire.