viernes, 10 de agosto de 2007

De vacances

Me tomo dos semanitas de vacaciones, como el café que me acompaña mientras escribo. Me las tomo lentamente, saboreando cada minuto, perdiendo el tiempo...

Dejo uno de mis relatos, por si apetece leer un rato y no hay ganas de bucear en el pasado...

Helado de fresa amarga

"Cuando recibas esta carta ya me habré ido. Tengo las maletas en la puerta y un taxi esperando. Hace semanas que lo había decidido aunque no te negaré que esperaba un milagro. ¡Qué palabra tan vacía!

Habré pasado por tu vida como un sueño efímero y, quizá, puedas llevarme en tu recuerdo a ese lugar que dices que iremos todos.

En mi infancia creía que los ángeles existían y solía ver uno de vez en cuando a los pies de mi cama. Mi madre me decía que eran sueños, que los ángeles, si existían, no podían verse.

Todavía recuerdo el olor que desprendían tus manos aquel día. Olor a incienso.
Entré a refugiarme, afuera llovía. La soledad me embargaba y el silencio actuó como un bálsamo en mis heridas. Te sentaste y hablamos. Como dos amigos que hace tiempo que no se han visto y tienen mucho que contarse. Fui quitándome una tras otra, las espadas que llevaba clavadas y tú las recogías para lanzarlas lejos.
Me hablaste de tu niñez. De los campos repletos de olivos en donde solías refugiarte en los momentos de angustia. ¡Cuánto hubiese deseado conocerte entonces!
Me acompañaste a casa. La lluvia era persistente y encontraba la manera de colarse en nuestra ropa. Te invité a que subieras y te calentaras, sin ninguna intención. Entonces aún no sabía que te habías colado dentro, muy dentro, allí donde solo entran las palabras que no se dicen.
Estabas temblando.

Mi madre decía que la vida era un enorme y cremoso helado de fresa con trocitos de chocolate, pero que había gente que se empeñaba en coger el helado con los pies. Que querían comerlo haciendo el pino. O que, simplemente, deseaban que la fresa fuese amarga, en vez de dulce.
Ella diría que tú estabas empeñado en que el helado de fresa no fuese de fresa ni estuviese frío. Pero yo sé que no es cierto.

Cuando pienses en mí, no me recuerdes sólo por aquellas tardes junto al fuego, quemándonos por dentro. No olvides los momentos dulces en que me cogías las manos y me explicabas todo lo que te estallaba en el corazón. Tus proyectos, tus ilusiones. Entonces era cuando más te quería.

Hace dos semanas te escuché llorar. Creías que estabas solo, porque te sentías solo. Pero yo estaba allí. Tras la puerta.
Ese día supe que debía marcharme.
Permíteme solo un poco de autocompasión. Déjame llorar también detrás de la puerta. Saber que tus brazos no van a sostenerme más, ni tus labios susurrarán mi nombre, se me hace una verdad insoportable. Añoraré cada parte de tu cuerpo y suspiraré recordando tu voz.

Les perteneces a ellos, a ellos que nada saben de ti, de lo que deseas, de lo que temes. A ellos que volverán a sus vidas cada día, mientras tú te quedas solo, en esa soledad que escogiste y yo vine a destruir. Ya no tendrás que avergonzarte cuando me veas pasar y estés rodeado, no hará falta que gires la cara, mires al suelo y sujetes el temblor de tus manos. Esas manos que me han acariciado.

Hoy, cuando vengas a verme, con la cara pálida y los ojos brillantes, no me hallarás. Me habré ido. Sé que después de la pena vendrá el alivio. Sé que la tranquilidad será pago suficiente a tu pérdida. Se acabaran las noches sin dormir, los remordimientos, la angustia y la culpa.

Yo te llevo conmigo."



Cuando bajó del tren ya era noche cerrada. Necesitaba tomar una copa y el bar de la estación le pareció un lugar como cualquier otro. Se sentó en la barra.

-¿Qué le pongo?
-Una cerveza.
-¿Quiere algo de picar?
-No, gracias, sólo la cerveza.
Dio un largo trago, sentía la garganta como esparto.

-¿Ha oído la noticia? -el dueño del bar tenía ganas de conversación.
-¿Qué noticia?
-La del cura que se ha suicidado.
La cerveza viajaba hacia su boca, pero no llegó a su destino.

-Parece ser que le han encontrado muerto.
-¿Do-dónde ha sido eso?
-En el programa ese de sucesos
-No, me refiero a dónde ha ocurrido, en qué lugar
-En un pueblecito de Jaén. Por lo visto su amante le había abandonado. Dicen que tenía una carta en la mano.

El camarero se percató entonces de la cadavérica palidez de su cliente que se sujetaba a la barra para no caer.

-¿Pero qué le pasa, hombre?

El viajero se desplomó. El vaso, que caía tras él, rebotó antes de estrellarse contra el suelo.