domingo, 20 de enero de 2013

Mis renovados pecados literarios


 
Intento convertir la escritura en una rutina cada día, pero raras veces cumplo con mi propósito. Y las excusas siguen siendo las de siempre: dos horas no es suficiente, los lavabos necesitan un repaso, ¡qué bonito es ese cuadro de la pared!

Estoy siempre presente en todo lo que escribo, ¿cómo iba a perdérmelo?

Podría escribir sin ordenador, sin máquina, creo que podría escribir, incluso, sin papel, pero no puedo escribir sin una taza al lado. De café, por supuesto.

Adoro a mis personajes. Me encantaría tener una charla con Maite y decirle unas cuantas cosas que me contó Lucía.

Sigo leyendo a los clásicos. A unos más que a otros. No me gusta todo lo que han escrito, pero no importa, es lo que tiene el cariño.

Leo muy, muy, muy despacio. Tardo mucho en acabar los libros que escojo. Ahora leo en ebook, así que, en lugar de cerrar el libro para pensar en lo que acabo de leer y que me ha impactado de algún modo, dejo el iPad a un lado y medito. Y eso ralentiza igual la faena. Si no tengo esa necesidad es que el la historia no ha llegado allí donde debería.

Todo el mundo sabe que tengo una gran debilidad por el siglo XIX.

Sigue sin gustarme Chejov.

Y sigo adorando a Charlotte Brontë y Jane Austen.

Mi capacidad comercial ha mejorado algo, aunque sigo siendo mi peor vendedora.

Me siento frente a la pantalla del ordenador a escribir, pero antes entro "un momentito" al Facebook y al Twitter. ¡Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo! Unos tuits de nada y ya tengo que ir a preparar la cena.

Para cada novela tengo una carpeta. Dentro de esa carpeta tengo otras carpetas organizadas por meses. Dentro de la carpeta de cada mes tengo los archivos de trabajo diario. Cuando acabo una novela hay tantos archivos con el mismo nombre y distinta fecha que parece que haya escrito una enciclopedia.

Nunca contabilizo las palabras que tienen mis novelas. Sí, ya sé que el Word te lo dice si quieres. Pero es que no quiero.

Sigo comprando muchos libros, demasiados para el ritmo al que leo. Pero ahora, al menos, me sale más barato y no ocupan sitio, porque son ebooks.

Sigo luchando por no ser de esos escritores que solo saben hablar de lo que escriben. ¡Qué pelmazos! Prefiero a mi hijo explicándome su rutina de máquinas del gimnasio.

Canibalizo a mis semejantes. Escucho mucho a los demás. Interiorizo sus cotidianidades y las guardo ocultas en mi cerebro, hasta que un día se convierten en una historia dentro de una novela.

En catalán hago castellanismos y en castellano, catalanismos. Sigue siendo inevitable y casi una seña de identidad.

Uso el diccionario de sinónimos del Word. Y el diccionario de la Real Academia. Y el Panhispánico de dudas. Y Google. Y Google Street View. Y la Wikipedia.
Y sigue irritándome que la gente quiera acentuar el adverbio solo "siempre", cuando eso no es lo que decía la norma.

Cito:
3.2.3. sólo/solo. La palabra solo puede ser un adjetivo: No me gusta el café solo; Vive él solo en esa gran mansión; o un adverbio: Solo nos llovió dos días; Contesta solo sí o no. Se trata de una palabra llana terminada en vocal, por lo que, según las reglas generales de acentuación ( 1.1.2), no debe llevar tilde. Ahora bien, cuando esta palabra pueda interpretarse en un mismo enunciado como adverbio o como adjetivo, se utilizará obligatoriamente la tilde en el uso adverbial para evitar ambigüedades: Estaré solo un mes (al no llevar tilde, solo se interpreta como adjetivo: ‘en soledad, sin compañía’); Estaré sólo un mes (al llevar tilde, sólo se interpreta como adverbio: ‘solamente, únicamente’); también puede deshacerse la ambigüedad sustituyendo el adverbio solo por los sinónimos solamente o únicamente.