miércoles, 24 de junio de 2009

Querido Stieg Larsson

Estoy a punto de terminar la segunda parte de Millenium y llegado a este punto he decidido que quiero dedicarle una entrada.

En primer lugar diré que me río de los prejuicios de aquellos que huyen del éxito como si temieran que se les pudiera notar la mucha envidia que les produce. En segundo me río de las opiniones de "los que saben escribir" y creen que el mejor libro es aquél que aún no se ha escrito (y que, por supuesto, escribirán ellos). Y en tercer lugar me río de todos aquellos que se creen "diferentes" por no hacer algo que los demás hacen (para eso no hace falta esforzarse, ni es necesario hacer de ello un estandarte). Para ser diferente solo hace falta ser uno mismo, que dijo aquél.

Y ahora dejo de reírme.

Para decidirme a leer la novela tuve dos llamadas de atención: la ilustración de la portada de Gino Rubert (soberbia, permítanme decirlo) y la trama que nos presenta la solapa. Vaya, lo que siempre me hace escoger un libro en lugar del que está colocado a su lado en el estante o la mesa. El que mucha gente hable de un libro no afecta nunca a mi decisión de leerlo. Sí, leí El Quijote y encima hasta me gustó, lo combinaba con novelas románticas de Jazmín y Tebeos de Zipi y Zape.

Los hombres que no amaban a las mujeres es una novela fresca y resuelta. Los personajes son sorprendentes y están muy bien definidos. Te engancha desde la primera página y Larsson te acompaña todo el tiempo susurrándote ideas en el oído. Yo soy de esas que tienen la mala costumbre, cuando leo novela negra, de tratar de descubrir al asesino y, aunque esté mal decirlo, tengo buen ojo. Larsson no me dejó. Fuera tópicos, fuera consabidos hechos resultones, fuera personajes antipáticos o demasiado simpáticos. Fuera el bueno, malo. Gracias.

Lisbeth Salander es adorable, una perturbada Pippi Calzaslargas que en lugar de medias a rayas y trenzas que desafiaban a la gravedad, lleva pircings y tatuajes. Tiene una moral muy personal a la que se ciñe siempre y en cualquier situación.

Mikael Blomkvist es un periodista preocupado por hacer bien su trabajo, adicto al café (cómo le entiendo) y a su jefa Erica Berger.

La confluencia de estos dos personajes tan distintos conforma, para mí, uno de los factores más atrayentes de la novela. A parte, claro está, de la magnífica trama que Larsson se inventó (¡cómo le envidio!).

Hacerse una idea de cómo era Larsson no es nada difícil, si indagas un poco en su biografía te das cuenta de que no se diferenciaba mucho de Mikael Blomkvist. Una auténtica faena que le diera un infarto. Una gran pérdida.

¿Qué puedo decir sin desvelar nada de las novelas? Tengo un problema y es un problema serio, no soporto que los autores de los libros que leo me traten de tonta. Me gusta que me obligue a pensar, que me crea lo suficientemente inteligente como para ir dejándome pistas sutiles, no zafias. Que me hable de tú, como si realmente me respetara.

Larsson es así, te cuenta una historia que se sale de lo normal, te presenta a sus personajes y los ves dormir y comer, casi puedes oler el aroma del café recién hecho. Te estremece y te angustia y después, cuando has terminado de leer recuerdas toda la trama como si hubieses visto una película en blanco y negro.

Esta trilogía sólo tiene un defecto.

Que no la he escrito yo.

Lo recomiendo.