domingo, 27 de enero de 2008

El Moisés de Miguel Angel


Me ignoraba. Estaba ahí, frente a mí, sujentándose los ondulados mechones de la barba con su enorme mano. No se dignaba siquiera a mirarme y sus músculos en tensión me decían que era plenamente consciente de mi presencia. Las piernas, fuertes pilares marmóreos, amenazaban con ponerlo en pie en cualquier momento y esa posibilidad mezclaba el anhelo con el temor.


La expresión de sus vacíos ojos es dura, pero no concuerda con la placidez de sus mejillas y la serenidad de sus labios.
Se hinchan las venas de sus manos y brazos. Quiere salir, contiene el impulso, lo noto. Sujeta las tablas con disimulo, como si en realidad no recordase llevarlas bajo el brazo.

Miro a mi alrededor.

Todos se han ido.

Un ruido seco a mi espalda.

¿Qué... ?