viernes, 12 de septiembre de 2014

Helado de fresa amarga

"Cuando recibas esta carta ya me habré ido. Tengo las maletas en la puerta y un taxi esperando. Hace semanas que lo decidí aunque no te negaré que esperaba un milagro. Milagro, qué palabra tan vacía.
Habré pasado por tu vida como un sueño efímero y quizá quieras llevarme en tu recuerdo a ese lugar al que dices que iremos todos.
En mi infancia creía que los ángeles existían y solía ver uno, de vez en cuando, a los pies de mi cama. Mi madre me decía que eran sueños, que los ángeles, si existían, no podían verse.
Todavía recuerdo el olor que desprendían tus manos aquel día. Olor a incienso. Entré para refugiarme de la lluvia, la soledad me embargaba y el silencio actuó como un bálsamo en mis heridas. Te sentaste y hablamos como dos amigos que hace tiempo que no se han visto y tienen mucho que contarse. Fui quitándome, una tras otra, las espadas que llevaba clavadas y tú las recogiste para lanzarlas lejos. Me hablaste de tu niñez, de los campos repletos de olivos donde solías refugiarte en los momentos de angustia ¡Cuánto hubiese deseado conocerte entonces, cuando aún era tiempo!

Me acompañaste a casa, la lluvia era persistente y encontraba la manera de colarse en nuestra ropa. Te invité a que subieras y te calentases; sin ninguna intención, puedes creerme. Entonces aún no sabía que te habías colado dentro, muy adentro, allí donde solo entran las palabras que no se dicen. Temblabas ¿lo recuerdas?
Mi madre decía que la vida es un enorme y cremoso helado de fresa con trocitos de chocolate, pero que siempre encontraría gente que se sentiría decepcionada al sentir el dulce sabor de la fresa, personas que querrían que la fresa fuese amarga. Si mi madre te conociese diría que tú eres de esas personas.
Pero yo sé que no es cierto.
Cuando pienses en mí, no me recuerdes solo por aquellas tardes junto al fuego, quemándonos por dentro. No olvides los momentos dulces en los que me cogías las manos y me explicabas todo lo que te estallaba en el corazón. Tus proyectos, tus ilusiones. Entonces era cuando más te quería.
Hace dos semanas te escuché llorar. Creías que estabas solo porque te sentías solo, pero yo estaba allí, tras la puerta. Ese día supe que debía marcharme. Permíteme un poco de autocompasión, déjame llorar también detrás de la puerta. Saber que tus brazos no van a sostenerme más, ni tus labios susurrarán mi nombre se me hace una verdad insoportable. Añoraré cada parte de tu cuerpo y suspiraré recordando tu voz.
Les perteneces a ellos, a ellos que nada saben de ti, de lo que deseas, de lo que temes. A ellos, que volverán a sus vidas cada día mientras tú te quedas solo; en esa soledad que escogiste y yo vine a destruir. Ya no tendrás que avergonzarte cuando me veas pasar y estés rodeado, no hará falta que gires la cara, mires al suelo y sujetes el temblor de tus manos. Esas manos que tantas veces me han acariciado.

Hoy, cuando vengas a verme, con la cara pálida y los ojos brillantes, no me hallarás, me habré ido. Sé que después de la pena vendrá el alivio. Sé que la tranquilidad será pago suficiente a tu pérdida. Se acabaron para ti las noches sin dormir, los remordimientos, la angustia y la culpa.
Yo, te llevaré siempre conmigo.

Cuando bajó del tren ya era noche cerrada, necesitaba tomar una copa y el bar de la estación le pareció un lugar tan bueno como cualquier otro. Entró y se sentó en la barra.
-¿Qué le pongo?
-Una cerveza.
-¿Quiere algo de picar?
-No, gracias, solo la cerveza.
Dio un largo trago, sentía la garganta como esparto.
-¿Ha oído la noticia? -el dueño del bar tenía ganas de conversación.
-¿Qué noticia?
-La del cura que se ha suicidado.
La cerveza viajaba hacia su boca pero no llegó a su destino.
-Parece ser que le han encontrado muerto.
-¿Do-dónde ha sido eso?
-En el programa ese de sucesos...
-No, no, quiero decir en qué lugar...
-En un pueblecito de Jaén. Por lo visto su amante le había abandonado. Dicen que tenía una carta en la mano en la que lo explicaba todo ¡Menudo escándalo!
El camarero se percató entonces de la cadavérica palidez de su cliente que se sujetaba a la barra para no caer.
-¿Pero qué le pasa, hombre?
El viajero se desplomó.
El vaso rebotó antes de estrellarse contra el suelo.


6 comentarios:

  1. Marisol1:03 p. m.

    Uf!! Que triste!! Me falta vocabulario para describirlo: me ha transmitido mucha tristeza todo el primer párrafo, y el final me ha impactado. Felicidades, dominas muy bien la capacidad de transmitir

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  2. Qué final! Me ha encantado. Qué manera de transmitir, de hacer sentir... Muy bueno.
    Besotes!!!

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  3. Cuando lo he terminado he tenido que volver a leerlo para mirarlo de otro modo. ¡Bravo!

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  4. Me encanta el final. Juegas con el lector y sus presuposiciones perfectamente.
    Besines,

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  5. Me pasó lo mismo que a Mayte, tuve que vovler a leer cuando llegué al final! muy bueno!

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  6. Tristemente siempre hay un momento en que hay que partir lo malo es que quizás no quieran que nos vayamos...

    Muy bueno

    Besos

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