domingo, 14 de septiembre de 2008

Vindobona, Ciudad Blanca


Viena, como Budapest, vive también de sus recuerdos, pero en las marcas de su cara se siguen viendo titilar las velas de los salones de baile y si prestas atención puedes escuchar el sonido de la batuta de Mozart golpeando sobre el atril.


Además de majestuosa, Viena también es una ciudad de desencuentros, su comportamiento durante la segunda guerra mundial dejó una marca profunda en los vieneses. Muchos de ellos aún se preguntan cómo habría sido la Historia si, cuando Hitler llegó a Viena en 1907 con deseos de entrar en la Academia de Bellas Artes, en lugar de aconsejarle que probase fortuna en la Academia de Arquitectura, le hubiesen aceptado. El 10 de abril de 1938 se celebró un referéndum que resultó favorable al Anschluss (anexión al III Reich) con un 99% de los votos. En 1945 Viena fue tomada por el ejército soviético y posteriormente dividida en cuatro sectores: soviético, estadounidense, británico y francés. Para recuperar su soberanía, Austria firmó en 1955 el Tratado de Estado (Staatsvertrag), que la convertía en un Estado soberano neutral y la comprometía a no firmar tratados militares, a no restaurar a los Habsburgo y anulaba el Anschluss.

En la actualidad Viena está considerada la ciudad más segura del mundo y una de las más limpias y con mayor calidad de vida. Sus escuelas y universidades públicas tienen mayor prestigio que las privadas, consideran que el dinero paga lo que el cerebro no puede por sí solo.

El Imperio Austro-Húngaro tiene como notable guia turística a la Duquesa de Baviera, Elisabetta Amalia Eugenia von Wittelsbach, que al casarse, en 1854, con Francisco José I de Habsburgo-Lorena se convirtió en Sissí, Emperatriz de Austria. Los austriacos no tienen en mucho aprecio el recuerdo de su reina, pero lo utilizan todo lo que pueden como reclamo turístico. Si sois fans de Romy Schneider y queréis viajar a Viena para deleitaros con el recuerdo de su más famoso personaje, si os imagináis paseando por los salones del Schönbrunn reviviendo aquellos momentos que tanto habéis disfutrado en el cine: quedaos en casa. He de confesar que, en mi caso, la realidad resulta mucho más interesante.


La emperatriz de Austria fue obligada a casarse con solo 15 años con Francisco José, al que no amaba. De ambiente rural y sin grandes aspiraciones había sido educada por su propia madre, a la que adoraba. Su hermana había sido la escogida por la emperatriz Sofia para ser la esposa de su hijo, pero Francisco José quedó prendado de la pequeña Elisabetta y no hubo manera de hacerle cambiar de opinión. Sissi nunca se sintió a gusto en su papel de emperatriz y desarrollo una enfermedad a la que aún no habían puesto nombre, pero que hoy es de sobra conocida: la anorexia. Su obsesión por no pasar de los cincuenta kilos la llevó a instalar un gimnasio en palacio, montaba a caballo durante horas y se alimentaba de jugo de carne y leche de cabra. Después de cumplir los cuarenta no permitió que volviesen a retratarla y añadió a las otras, la manía de ponerse velos y utilizar abanicos para ocultar su rostro. No quería mantener relaciones sexuales con su esposo, a pesar de lo cual tuvieron cuatro hijos, y la desgracia la acompañó toda su vida como la amiga más fiel. Quizá fuese cierto que tenía alma republicana y es por eso que los húngaros guardan de ella un recuerdo mucho más amable y querido que los propios austriacos.


Viena es una ciudad amable con el turista, calles anchas y luminosas, parques en cada esquina y mucha, mucha música. Los vieneses leen, sentados en los bancos del Parque de las Rosas, que es un regalo de esencias aromáticas sin envasar. Han construido más de mil kilómetros de carril bici, ancho y despejado; en él los ciclistas tienen preferencia y los peatones deben andarse con mucho cuidado para no “atropellarles” y verse obligados a pagar una multa. También los tranvías tienen preferencia y en los pasos de peatones debes andarte con ojo porque no paran. Una vez aprendes las reglas es fácil y muy civilizado. Te aceptan entre ellos porque saben que tu presencia les hace crecer, en las puertas de museos, salas de conciertos y monumentos, jóvenes vestidos de época se dejan hacer fotos, con turistas un tanto ridículos, disimulando el rubor que les produce el ser “tan admirados”.

En el Café Central tomé uno de los mejores cafés que he tomado nunca, fuerte sin regusto amargo, con personalidad y dejando huella. Te lo ponen con un vasito de agua al lado y un bombón. El edificio, con su columnata de mármol, sus lámparas colgantes y los cuadros de Francisco José y Sissi, no te deja olvidarte de dónde estás.


Viena huele a Mozart y Goethe, pero sabe a Strauss y emperatrices.

Moneda: Euro
Palabra: Música
Consejo: Tomar un café en el Café Central
Otro consejo: No comprar para regalar, sin probar antes, los bombones de Mozart.
Último consejo: Ir



Y Fernando sigue sin aparecer