miércoles, 28 de noviembre de 2007

¡Qué tarde la de aquel día!

Ayer fue uno de esos días que gustan de recordar cuando pasa el tiempo. Siempre he sido mujer de placeres pequeños. Me reconforta el olor del café recién hecho, el frío en la cara con el cuerpo calentito, un encuentro fortuito con algún antiguo amigo…

Ayer tenía que ir a Barcelona, vivo en un pueblo del extrarradio y tenía asuntos que resolver en el centro. Una vez libre de obligaciones me encontré en pleno Paseo de Gracia, sola y ociosa.

La tarde pasa rápida y la noche se acerca. Camino Paseo abajo, el frescor en la cara y algunas luces de Navidad en las tiendas.

Para los que conocéis Barcelona ya sabéis que Paseo de Gracia es una avenida especialmente hermosa con edificios antiguos y grandes aceras repletas de escaparates, luces, terrazas y turistas.

Hacia abajo porque vengo de lo más alto, no puedo evitar sonreírme a mí misma unas cuantas veces. A lo mejor nos cruzamos sin saberlo.

Entro aquí y allí y por fin me detengo.
Es La Casa del libro, con su entrada atípica y su mundo subterráneo.
Libros y más libros.
Libros de todos los géneros.
Libros de gente que escribe.
Como yo, me digo.
Sin comparaciones, con admiración y humildad.
Como el que entra en un santuario.
Allí no hay santo pero hay mucha, mucha fe.