-Riiiiiing, riiiiing, riiiiing...-¡¿Es que nadie va a coger el teléfono?!
-Riiiiiing, riiiiing, riiiiing...
-Está claro que nadie va a cogerlo. ¿Diga?
-Hola, ¿estabas en el ala norte de tu palacio?
-Es que en esta casa nos pegamos por no coger el teléfono.
-Ya veo, ya. Bueno ¿qué tal se te presenta el nuevo año?
-Bueno, dos días antes de coger las vacaciones me puse enferma con unas anginas de caballo.
-No cambiarás nunca.
-Después se me complicó con el asma y ahora me duele el pecho y tengo fiebre. No, no cambiaré nunca.
-Hay que reconocer que tienes una manera muy rara de disfrutar de las vacaciones.
-Lo peor es que no tengo ganas de hacer nada.
-¿Ni de escribir?
-¿Escribir? ¿Y eso que es lo que es?
-Leerás al menos, leer siempre ha sido para ti como respirar...
-Ya, ya, ya.
-Chica, pues si que estás mala. ¿Has comido muchos turrones, al menos?
-Lo justito y ¿sabes qué he descubierto? Que comer adelgaza. Me paso el año tratando de quitarme los cuatro kilos que me sobran y no hay manera. Me olvido del tema y empiezo a adelgazar.
-Eso es el estrés de estar en casa, la familia, ya se sabe.
-Será eso.
-Como no habíamos hablado antes de las vacaciones no sé cómo quedaron las cosas en el trabajo.
-Bien.
-Huuuy, qué mal suena eso.
-Bueno, los últimos días fueron tranquilos, con eso ya me conformo.
-Deduzco que seguiréis con el mismo horario. Eso te pondrá difícil escribir.
-Es lo que hay. Si pudiese vivir sin dormir.
-Mira tú.
-Te voy a dejar que creo que me está subiendo la fiebre y tengo un batería en casa que voy a hacer callar ipso facto.
-Ya hablaremos, guapa.
-Un beso.
Os deseo a todos una muy feliz entrada en el nuevo año.

















Hace ya 23 años y le sigue pareciendo gracioso que ocurriese en una librería. A punto de pagar uno de Julio Cortazar porque quería recuperar la afición a la lectura que sus profesores habían matado a fuerza de insistencia y libros mal escogidos. Se giró y la besó. La cajera les miraba con cara de vergüenza ajena, era evidente que era el primer beso y Abacus no era París, precisamente. A ella le temblaban las piernas y, quizá, a él también. De hecho, aún le tiemblan a veces. Habían superado dos noches en Rupit dentro de una tienda de campaña y una en Rubí, en habitaciones separadas, pasándose notitas por debajo de la puerta. Pero lo que más costaba arriesgar eran los dos años de amigos. Esos que se lo cuentan todo sabiendo que al otro lado hay alguien que escucha y no sólo oye lo que decimos. Era mucho lo que se jugaban apostando al 2.














