Para los que te dicen que te enviarán un libro y nunca más se supo



Este domigo, 14 de diciembre, la Marató de TV3 se dedicó a las enfermedades mentales, entre ellas la depresión. No pude dejar de pensar en él. El lunes, Marga me dijo lo mismo.

Así ve la vida un enfermo de depresión.
Recaudación de La Marató 2008: 5.837.095 euros
15 horas de programa
934 líneas de atención telefónica
2700 voluntarios
Sí Mafalda, no me mires así.

FACTORES SIGNIFICATIVOS
E= Emoción al comienzo y final del proyecto.
M= Mantenimiento y atención al detalle.
B= Disfrute de la búsqueda y la expectativa.
P= Relaciones Personales.
FACTORES REDUCTORES DEL NIVEL DE FELICIDAD (R)
Ausencia de Desaprendizaje.
Recurso a la memoria Grupal.
Interferencia con los procesos automatizados.
Predominio del miedo.
comprar zapatos. Tengo debilidad por ellos. Quizá tenga algo que ver que tengo unos pies bonitos, fríos, pero bonitos.
escaparates, debajo de la cama de mis hermanas. Soy la menor de cuatro hermanas y solía calzarme en sus zapatos, a escondidas, imaginando que mis pies encajaban a la perfección sobre aquellos tacones. Ellas fingían no darse cuenta.
Suelo mirar los pies de la gente, cuando asoman por las tiras de las sandalias, herméticos dentro
del charol, atados con cordones o allá, abajo, al fondo de unas botas, los miro y no me importa a quién pertenecen. Los zapatos se mueven por el mundo a distancia de quien los lleva, desligándose de la realidad que fluye allí arriba donde todo tipo de ideas se mezclan.
de los demás, también los miro, no me importa el modelo de ropa que lleva la protagonista, pero no se me escapa su calzado. Me fascinan los zapatos en blanco y negro en los pies de Katherine Hepburn o Bette Davis.
Palabra: zapato (del turco zabata)
Stare Mesto
El antiguo Ayuntamiento sostiene en su fachada el famosísimo reloj astronómico datado en 1410, el más antiguo de Europa. A través de sus ventanas se ven aparecer a los doce apóstoles y, a ambos lados, las imágenes del vanidoso, el avaro, la muerte o el invasor, se ríen del visitante que, con cada hora, se agolpa en masa a sus pies esperando ver despertar al monstruo de los tiempos.
El barrio del Castillo, además de la Catedral de San Vito, posee un lugar mágico llamado El Callejón del Oro, un lugar habitado en el siglo XVI por alquimistas que, alentados por Rodolfo II, intentaba descubrir el secreto de la vida eterna. En una de esas casitas de colores, concretamente la número 22, muchos años después, Kafka conjuraba sus pensamientos volcándolos al papel sin saber que con ello conseguía la autèntica vida eterna.
Malá Strana
El Puente de Carlos es en sí mismo una institución en Praga, en él se entremezclan los que vienen, los que se van, los que se quedan y los que siempre están. Sus piedras se sostienen desde el 1357, impertérritas y humildes. La torre que le da entrada es una obra gótica magistral, 30 estatuas de estilo barroco lo acompañan en su largo viaje a través de la historia desde el 1700.
Lo crucé en ambos sentidos de día y de noche, paseando y deleitándome con sus “habitantes”, los caricaturistas, los músicos, los vendedores ambulantes, fotógrafos con trípodes portátiles y grandes angulares. Y en él me sucedió una cosa muy divertida. Descansaba apoyada en uno de sus laterales junto al puesto de un pintor paisajista que vendía sus láminas a buen precio. Un turista se acercó a mirar las pinturas comentando con su pareja “mira esta que bonita”. Yo le miré un segundo y él me devolvió la mirada, uno como yo, pensé, turista y español. El muchacho no se movía de allí y me pareció que seguía mirándome, de repente se acercó y me dijo: perdona, ¿eres Toñi? y la luz deslumbrante de un Flash iluminó mis ojos ¡Fernando! Hacía tantos días que esperaba encontrarme con él, preguntando incluso a algunas parejas que viajaban con la misma operadora, sin tener éxito, que ya había perdido la esperanza.
Pero allí estaba, Fernando Alcalá, el que no nació para ser culto, con su acento extremeño y su incipiente barba de intelectual que le va que ni pintada. Entonces supe que nos habíamos cruzado varias veces, que había tenido la divertida idea de ponerse una pegatina en la que anunciaba mi búsqueda, ¡qué pena no haberle visto entonces, lo que me habría reído!

Lo peor de este viaje fue el día perdido en Karlovy Vary, no es que la coqueta ciudad no fuese hermosa, es que no era una ciudad, era una gran tienda con algunas calles para sustentarla. Me decepcionó perder un día para que algunas personas se gastaran sus ahorros en regalos. Me decepcionaron las obleas que imaginaba (no sé por qué) como varquillos de caramelo y en realidad eran simples como la galleta que aquí poníamos a los helados de corte (antes, porque las de ahora son mucho más buenas). Cuando regresamos teníamos ansia de Praga, cenamos pronto, muy pronto, y nos fuimos en metro al centro para saborear con fruición aquella última noche.
Al día siguiente desayunamos con Fernando y Ana, nos conocimos un poco, y nos despedimos hasta otra con buen sabor de boca.
En la retina la Plaza de la Ciudad Vieja, las puntiagudas torres de la Iglesia de Tyn, el Callejón del oro con su número 22 y, sobre todo, el dulce y embriagador aroma de una ciudad que te mira a los ojos y no te permite ni parpadear.
Moneda: Corona checa
Palabra: Magia
Consejo: Zapato cómodo
Otro consejo: Contrastar la ciudad de día y de noche.
Último consejo: Ir


emperatriz y desarrollo una enfermedad a la que aún no habían puesto nombre, pero que hoy es de sobra conocida: la anorexia. Su obsesión por no pasar de los cincuenta kilos la llevó a instalar un gimnasio en palacio, montaba a caballo durante horas y se alimentaba de jugo de carne y leche de cabra. Después de cumplir los cuarenta no permitió que volviesen a retratarla y añadió a las otras, la manía de ponerse velos y utilizar abanicos para ocultar su rostro. No quería mantener relaciones sexuales con su esposo, a pesar de lo cual tuvieron cuatro hijos, y la desgracia la acompañó toda su vida como la amiga más fiel. Quizá fuese cierto que tenía alma republicana y es por eso que los húngaros guardan de ella un recuerdo mucho más amable y querido que los propios austriacos.

