Una de las cosas que mayor placer me produce es
comprar zapatos. Tengo debilidad por ellos. Quizá tenga algo que ver que tengo unos pies bonitos, fríos, pero bonitos.

Desde niña, me atraían aquellos utensilios de una manera irresistible, por la calle, en los
escaparates, debajo de la cama de mis hermanas. Soy la menor de cuatro hermanas y solía calzarme en sus zapatos, a escondidas, imaginando que mis pies encajaban a la perfección sobre aquellos tacones. Ellas fingían no darse cuenta.
Suelo mirar los pies de la gente, cuando asoman por las tiras de las sandalias, herméticos dentro
del charol, atados con cordones o allá, abajo, al fondo de unas botas, los miro y no me importa a quién pertenecen. Los zapatos se mueven por el mundo a distancia de quien los lleva, desligándose de la realidad que fluye allí arriba donde todo tipo de ideas se mezclan.
En la oscuridad del cine, a salvo de las miradas
de los demás, también los miro, no me importa el modelo de ropa que lleva la protagonista, pero no se me escapa su calzado. Me fascinan los zapatos en blanco y negro en los pies de Katherine Hepburn o Bette Davis.
Y no, no soy fetichista.



En la oscuridad del cine, a salvo de las miradas

Y no, no soy fetichista.

1. m. Calzado que no pasa del tobillo, con la parte inferior de suela y lo demás de piel, fieltro, paño u otro tejido, más o menos escotado por el empeine.
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