viernes, 23 de junio de 2006

Siempre me gustó estar sola (y última)




Frente al espejo
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Estoy muy delgada. Diez kilos en un año. Tanto que lo había intentado con dietas milagrosas, aburridas, mortalmente prohibitivas, sin conseguir nada. Hasta ese año. Sin esfuerzo, sin darme cuenta. Creo que fue justo cuando supe lo que quería y gracias a él, como siempre. Él me mostró el camino, sin saberlo.

Hace una semana que tengo el traslado y aún no puedo creerme que vaya a hacerlo. Otra ciudad y una nueva vida.

Estos días me he acordado mucho de mi madre. De su mirada los últimos días. Me conocía bien. Cuando murió, sin apenas un suspiro, sentí un dolor tan fuerte que creí que iba a partirme el pecho. Era un dolor físico, como si alguien me hubiese golpeado con un palo de madera. Me costaba respirar y el dolor no cedía ni un milímetro de espacio al aire de mis pulmones. Hubiera querido tener a Javier para apoyarme en él, recostarme en su hombro, que me rodease con sus brazos y me consolara. Pero no pudo, le era imposible enfrentarse al dolor y la muerte. Se fue a tomar un café.
¿Y los días siguientes? Las frases huecas, usadas y gastadas: es mejor así, de esta manera no ha sufrido, ella sabía lo que le esperaba, la vida sigue...

Se colgó la bolsa de viaje en un hombro y el bolso en el otro. Sacó la maleta del armario y suavemente la deslizó sobre la moqueta sin hacer ruido.

Rocío me espera en el aeropuerto. Es triste que Javier creyera que montando aquella terrible escena el año pasado en mi cumpleaños conseguiría romper una amistad de tantos años. Triste y descorazonador. Pensaba que me conocía. Que Rocío es lesbiana lo sé yo, mejor que nadie. Antes de que su madre la descubriese besando a Bea Izquierdo de primero de BUP. Mucho antes.

Al llegar a la puerta de entrada soltó la maleta un instante. Se quitó el anillo de casada y lo dejó sobre el mueble del recibidor, junto a una roca volcánica que habían cogido en las calderas del Teide, en su viaje de novios.

El resultado de la mamografía ha sido el pasaporte para mi viaje. Cuando apareció aquel bulto en mi pecho me vi mutilada y sola. Me reconocí en el recuerdo de mi madre. Me vi sin cabello y sin compañía, asustada y sin un brazo en el que apoyarme. Me imaginé escondiéndome para vomitar, para sentirme mal y débil.
Me conocí por fin.
Y a él.

Se lo dije. Fue un intento a la desesperada, sabía que iba a perder algo que nunca había tenido, pero no pude resistirme.

Su mirada...

Aquella imagen fue una visión de futuro. No podía esperar nada de él, excepto que recogiese los platos de papel.

Pensé en todas las cosas que podía perder si me alejaba de él. Todas valían dinero.

Sacó el informe médico del bolso y lo dejó encima de la mesita.
Junto a la alianza.
La palabra "benigno" remarcada en negro.
La puerta del baño se abrió al tiempo que otra puerta se cerraba para siempre.

Fin?

martes, 13 de junio de 2006

Siempre me gustó estar sola (segunda entrega)


II


Fue una suerte que decidiésemos no tener niños. Ahora sería todo mucho más complicado. Yo sí quería. Supongo que como todas las mujeres hay un momento en la vida que las hormonas te juegan una mala pasada y llegan a dominar tus pensamientos y deseos. Entonces empiezas a ver niños por todas partes, niños en el parque, niños en la puerta del cine. Niños en los grandes almacenes saliendo de improviso de cualquier pasillo, a punto de atropellarte. Pero Javier es un hombre de hoy, con necesidades de hoy que para él se resumen en ganar mucho dinero y ganarlo pronto. Los niños no entran en ese proyecto.

Yo le admiro porque ha sido capaz de conseguir la meta que se había propuesto. Bueno, las metas. La primera: su aspecto. Es un hombre guapo, que se cuida, nadie podría encontrar un solo defecto en su físico por mucho que se lo propusiese. Yo me lo propuse, lo confieso, quería tener algo para tirarle a la cara en caso de necesidad. Pero no lo encontré. Físico, no.
Otra meta que consiguió fue librarse de la familia, la suya y la mía, por supuesto. Mi madre, con morirse, le facilitó mucho la tarea. Y la última, la del dinero, también la ha conseguido y, por supuesto, eso había que celebrarlo.

Me alegra que no haya visto las maletas, hubiera sido muy desagradable tener que dar explicaciones, hoy, precisamente hoy, que es mi cumpleaños y había toda esa gente invitada. Invitada por él, por supuesto. Yo sólo llamé a Rocío. Pero no ha venido. Me llamó: "lo siento cariño, pero no puedo ir a esa casa después de lo que pasó la última vez. Me apena por ti, pero si quieres podemos quedar después para tomarnos algo tú y yo solas". Y hemos quedado a las diez en el aeropuerto, mi avión no sale hasta las doce y cuarto de la noche.

No le reprocho a la única amiga que tengo que no haya querido venir a "mi fiesta". La fiesta del año pasado fue muy diferente. Había aprobado las oposiciones para médico de la Seguridad Social y con nota. Era la tercera vez que lo intentaba, la primera en serio. Estaba tan entusiasmada que se me ocurrió que esa vez prepararía yo la celebración de mi cumpleaños. Si hubiera sabido que iba a ser un desastre no lo habría hecho, pero en el fondo creo que aquello me fue bien porque me hizo colocarme, por primera vez, ante la persona en la que me había convertido. Una persona simple y sin voluntad, incapaz de hacer nada sin el respaldo del otro. Sin su aprobación no era nadie.

Ese día me ha llevado a este.

Ya ha cerrado el grifo. En veinte minutos estará aquí, lo que tarde en ponerse ese aceite con el que embadurna todo su cuerpo bien afeitado y que huele tan bien. Después se peinará con cuidado y revisará sus dientes. No dejará un detalle. Saldrá impecablemente vestido con uno de los doce pijamas que se compró el mes pasado. Es un fanático de los pijamas. Ni siquiera se lo quita cuando hacemos el amor. Supongo que su perfecto cuerpo lo quiere para lucirlo en otros momentos, con otras personas.

Continuará...

martes, 6 de junio de 2006

Siempre me gustó estar sola


I

Nunca tuve miedo de ese espacio vacío que genera el ser humano a su alrededor y que no tiene mucho que ver con la cantidad de gente que en ese momento te esté rodeando.

Hoy es mi cumpleaños. ¿Que cuántos cumplo? Treinta y tantos. Me gustaba mucho esa serie a pesar de que cuando la echaban por televisión a mí me quedaban todavía unos cuantos para sentirme identificada con sus protagonistas.

Javier está recogiendo los destrozos. Los platos de papel con restos del festín, vasos manchados de irreconocibles líquidos. Es un cielo, Javier. No ha hecho falta que le recordase que hoy era mi día para que se ofreciese a hacer el trabajo sucio. No me refiero solo a la recogida selectiva, sino a la despedida involuntaria de los invitados. Cómo les cuesta irse. Y qué pronto han venido. Me duele la cara de tanto sonreír sin ganas.

¿Por qué me miraba Luis con esa cara? Será que ser el mejor amigo de Javier le hace leer mis pensamientos. Luis nunca fue santo de mi devoción, no puedo negarlo. Bueno, sí que puedo, a Javier se lo he negado tantas veces... Hace tiempo que no me pregunta, supongo que ya no le importa. Javier me lo presentó seis meses después de empezar a salir conmigo. Fui a su boda, al bautizo de su primer hijo y al de su primera hija. Su mujer, Lorena, es una pobre chica que cree que llevándose mal conmigo se gana la aprobación de su marido. Pobrecilla. Luego se consuela con unos cuantos Martinis y repite hasta la saciedad, "yo sólo tomo vodka martini, como James Bond, agitado, no revuelto".

¿Habrá Luis adivinado mis intenciones? Es posible, a juzgar por el comentario que me ha hecho cuando nos hemos cruzado en el pasillo camino del baño. A solas, como siempre. Me habría gustado decirle que no es necesario que se esconda de Javier para ser borde conmigo.

-No se te ve muy contenta.

-¿A no?

-¿Qué estás tramando?

-Siempre tan cariñoso.

-Lo siento, querida. ¿Te gustó nuestro regalo?

-¿Te refieres al jarrón que me escuchaste decir que detestaba? He contenido las arcadas, no puedes quejarte.

-Se te notaban -la sonrisa de satisfacción le resultaba familiar.

-El año que viene espero que no te tomes la molestia.

Le he dejado con la palabra en la boca y he continuado mi camino. Al mirarme en el espejo del baño me he visto extraña. Como si no fuese yo.

Javier se ha metido a la ducha y después querrá irse a la cama. Hoy, como se supone que es un día especial, querrá guerra. Malditas las ganas que tengo yo de continuar, después de estar toda la tarde fingiendo. Es tan simple, tan previsible. Siempre las mismas caricias en los mismos lugares. Casi podría contar los besos exactos que va a darme antes de subirse encima de mí. Cuánta envidia me tienen todas sus amigas.

Siento un dolorcillo en el pecho, pero es mucho más pequeño que otras veces.

Hoy todo es más sencillo. Porque sé que se acaba.

Continuará...

viernes, 21 de abril de 2006

¿Me prestas un libro?


Mi casa era una casa pequeña, muy pequeña, y la ocupábamos muchos. Apenas había espacio para nosotros, y los libros no eran un artículo de primera necesidad. Yo era muy popular en mi barrio entre los niños, era muy "jugasquera", que decía mi madre; del colegio a la calle y de la calle a la cama era mi rutina diaria.

Cuando cumplí nueve años mi hermana mayor, la que yo creía que sería una princesa y viviría en una gran casa con verja de hierro, se fue de casa después de casarse con un empleado de la Philips y nuestra habitación se quedó con sólo tres habitantes.
Al poco tiempo fuimos tres chicas y unos nuevos inquilinos: Los libros.

Llegaron no sé cómo, sospecho que otra de mis hermanas los trajo, aunque no puedo recordarlo. A mí me llamaban la atención. Los cogía, los hojeaba (pasaba las hojas) y me sentía atraída por ellos. Especialmente por uno, la pequeña Dorrit, se llamaba. El autor era un señor llamado Charles, con un apellido muy raro. Un día decidí leerlo, total, para algo me había tomado la molestia de aprender a leer.

Aquel libro produjo una transformación en mi cerebro, algo sutil e imperceptible a simple vista. Lento y constante, el deseo de leer se fue metiendo en mi pequeña cabecita y desde allí se fue extendiendo por todo mi cuerpo. Las manos deseaban sostener aquellas pequeñas cosas mágicas que me transportaban a mundos desconocidos. Los ojos buscaban en todas partes, otros títulos. Corría por mis venas una de las drogas más potentes, pues producía el mayor placer individual. Ya no hubo remedio. A partir de ese momento empecé a cambiar con mis amigos, libros, en lugar de cromos. Me dejaron la colección de "Las mellizas en Santa Clara" y comía embobada, me iba directamente a tumbarme a leer en mi cama y pasaba el calor del verano en lugares lejanos a los que pensaba que jamás iría. Leía libros que era incapaz de entender por el puro placer de leer. Leí la Biblia o el Quijote en lo que mi hermano se zampaba a Mortadelo y Filemón.

Entre los libros y yo se creó un vínculo que si no es amor, no han descubierto aún la palabra que lo define. Solo conservo los que, después de leerlos, han dejado poso en mí, cualquier tipo de poso, porque a partir de ese momento ya forman parte de mi propia esencia. Ya son yo. Los demás, esos que lees por equivocación, porque te lo dicen, porque te lo piden, esos, los regalo. Nunca tiro un libro. El que no sea para mí no significa que no pueda ser para otro.

Quizá por eso el día más bonito del año, el día que más me gusta, ese que parece que lo han hecho para ti, ese día es Sant Jordi. Incluso a veces pienso que mis padres se vinieron a Catalunya, desde un pueblecito de Jaén, para que yo pudiera disfrutar de esta maravillosa fecha. Los libros invaden las calles, el olor a rosa se extiende por todas partes, gente con bolsas cargadas de palabras, las más bellas y las otras.

Un Libro y una Rosa ¿puede haber algo más bello?
La rosa te la doy yo, el libro, ese que ha sido especial para ti, me gustaría conocerlo...

Feliz Sant Jordi.


miércoles, 8 de marzo de 2006

Alba


Para poder escribir sobre esto he tenido que dejarme las tripas en el armario porque si no las lágrimas no me hubieran dejado ver la pantalla del ordenador.

No voy a relatar los hechos que están suficientemente explicados en todos los periódicos y cadenas de televisión. Al fin y al cabo no hacen falta los detalles para que el corazón se te encoja en el pecho al saber que una niña de cinco años se debate entre la vida y la muerte en la UCI de un hospital, después de haber recibido las "caricias" de sus padres.

Alba, según aquellos que la conocen, es una niña triste, cabizbaja, que no jugaba en el parque con otros niños y a la que nadie ha visto reír.

Hace tres meses le rompieron la clavícula, el húmero y una costilla. Y yo, como muchos, me pregunto ¿nadie pudo hacer nada por ella? ¿no hay ningún modo de que un padre no pueda agredir a su hijo?

La asistenta social, dice El Periódico de Cataluña, como era nueva "no sabía qué hacer"
¿Dimitir, quizá?

Tres juzgados involucrados en las denuncias por malos tratos a la menor...

Pero sobre todo intento pensar qué tendrá esa madre en la cabeza, no hablo ya dentro del pecho, para permitir que alguien utilice a su hija como saco de golpes y aún después de eso, defenderle.

En este mismo instante muchos niños lloran angustiados en manos de sus "protectores padres".

¿Alguien puede oírles?

viernes, 7 de octubre de 2005

Fotos. Prometo no contaros mis vacaciones...

Estas no son las fotos de mis vacaciones, al menos no las de un año. Son imágenes con significado para mí y quiero compartirlas con vosotros.


Aquí estamos, nuestra sombra nos sigue a todas partes.

París. ¿Habéis leido Peso cero? Seguro que os recuerda algo.

El Teide. Sueño con dormir algún día a sus pies.


El pasado, una de mis debilidades.

Un pueblo fantasma, algún día escribiré sobre ello...

miércoles, 28 de septiembre de 2005

Estoy sonriendo

Ha llegado. La esperaba.

Viene con su verde manto y lo cubre todo dejándome a oscuras.
Con ella llegan los recuerdos, aquellos que oculto tras una mirada lejana y media sonrisa.
Muchos creen que es negra y por eso busca la noche. Para mí es verde, como las hojas de los árboles en primavera. Como el césped húmedo después de que se vaya el Sol.

Hay quien la espera, la intuye y se encoge ocultando su rostro por temor a que se lleve el brillo de su mirada.

Otros susurran su nombre en el nombre del amado. Y se resignan.

También hay quien la niega mientras su piel se marchita, sus ojos se apagan y la sonrisa cae como las hojas de aquellos árboles que cubren con su manto seco la fría tierra.

A algunos los arrastra por los pelos y los lleva al muro de la desesperación desde donde se lanzan al vacío creyendo que en él hallaran el descanso.

Los más ingenuos se regocijan en ella, afirmando que les da sentido, grandeza. Creen que con ella todo es más hermoso, más profundo y auténtico.

Yo la espero porque estoy viva y en su camino. Sé que se irá, pero en su despedida se llevará un poco más de mí. Por eso la acepto cuando llega, pero la ayudo a marcharse. A veces le cuesta decidirse a emprender su viaje, pero yo no cejo en mi empeño, sin estridencias, sin grandes actos, le abro la puerta.

No se resiste, sabe que volverá y piensa que, quizá, algún día, no tenga que marcharse.

Estoy sonriendo, Tristeza.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

¿Qué tal las vacaciones?

Bueno, ya está bien ¿no?
¿Habéis tenido bastantes vacaciones? ¡Qué pregunta más tonta!
¿O no?
Yo recuerdo a una compañera de trabajo que volvía del verano mucho más estresada de lo que se había ido. Y eso que era de las que si estabas trabajando con ella más de una hora seguida, la adrenalina que segregaba tu organismo era tanta que tenían que venir a sacártela con jeringuilla. Parece ser que sus hijas tenían mayor vitalidad que la madre. Los niños, esos incomprendidos tiranos.

Ahora toca eso de "tengo las pilas cargadas" y la mesa del despacho a rebosar de papeles por tramitar, ordenar, clasificar, redirigir. Y tú ahí delante de todo ese hostil y áspero material. ¿Que no has encontrado el compartimento de las pilas? Sí, hombre, está ahí, justo al lado de la cartera.

Los que tengáis niños habéis tenido, además, el plus de la vuelta al cole. ¡Eso sí que es estresante! Los libros (de cada cuatro, tres problemas), el material: "estos rotuladores no, que se secan en seguida, pero es que estos valen el doble, ya, pero duran más, ¿y si no los dejas destapados?".

También están las bambas, los chandals, la cartera, los nervios, el nuevo profesor, ¿con quien me sentaré? ¿Me pondrán muchos deberes? ¿Podré ir a clase de guitarra?
Y tú ahí en medio de todo, aguantando el chaparrón.

Luego hay quien me pregunta ¿es que no escribes?

Yo creo que con un par de vidas más, podré arreglármelas.

Ya estoy de vuelta.

viernes, 5 de agosto de 2005

¿Qué es un cólico nefrítico?


Pues es algo que duele muchísimo. Además, es un hecho que provoca en quienes te rodean una curiosa actitud: todos te dicen lo mismo: ¡Huy, eso es peor que un parto!

Tienen razón.

Yo he tenido dos partos y dos cólicos. En los primeros me dieron de premio un niño y una niña preciosos, dulces, suaves y que me hicieron olvidar todo lo demás. En los segundos me dieron una radiografía, dos recetas y muchos consejos, pero eso no me hizo olvidar el mal rato.

Todo empieza con un dolor de barriga:
¡Vaya! Mira que sé que no tengo que cenar ensalada...
 
La piedra no sé si será de calcio, de magnesio o de oro blanco, pero lo que sí sé es que es una traidora porque espera a que te duermas para empezar el descenso. Te despiertas y piensas: ¡no puede ser! Y te animas: ¡puedes con ello!

¡Ja!

Lo más desesperante es cuando llegas al hospital. Te ponen en una silla de ruedas, porque no te aguantas de pie, aunque lo mismo te hubieran podido poner en cualquier sitio. El celador te coloca en una cola, como la del cine. Yo tenía una señora delante que le dolía un pie. ¡Señora, se lo cambio! Estaba que me desmayaba, no podía más de dolor.

Poco a poco, la cola avanza. ¡Aguanta, que ya llegas! Intentas pensar en algo, aunque el cerebro no funciona muy bien en esos momentos. Te dices que sólo es dolor. ¡Anda leche! Tendré que pensar en algo más convincente. Me quedo sola, a la espera de que la señora del pie acabe con la médico director. Digo médico director, porque esa es la que dirige:
—Este a la 3, esta analgesia, esta a la sala de espera...

Ahí estaba yo, viendo en blanco y negro, aguantándome las ganas de gritar y cambiándolas por silenciosas lágrimas, ¡qué no veas cómo duele el condenado riñón!

Y entonces ocurrió: el celador que me acerca a mi destino, una ambulancia que llega y saca a una pobre anciana en silla de ruedas y el ambulanciero ¡más majo él! (mentalmente le di recuerdos para su santa madre) la coloca delante de mí. Ahí se me cae el mundo, me rindo, no puedo más, empiezo a sollozar. La mujer de la ambulancia, que tiene dolor de espalda, pero el corazón le va de maravilla, dice que puede esperar:
Atiéndala a ella, pobrecita, que le duele muchísimo.

La dulce médico director me dice que me calle, que primero se atienden las ambulancias, que ya estoy allí. ¡Pues que consuelo, oiga! ¿Y a mí qué me importa saber que estoy aquí si nadie me da nada que me calme el dolor?

Bueno, pues vale, te vomito aquí mismo que ya no puedo más. Y ahora, me desmayo. Tú verás qué haces. Espero que el suelo no esté muy frío, creo que eso es contraproducente...

miércoles, 13 de julio de 2005

Madurando, que es gerundio

He recibido un mail de una editorial ¡más güais ellos! Me dicen que están interesados en mi novela Peso cero ¡qué ilu! Me ofrecen la posibilidad de publicármela ¡qué detalle! Yo, ya, haciendo castillos en el aire, aquí una almenita de nada, allí pondré la ventana de colores...
Mira que ya lo decía mi padre, ¡Antoñita, que nadie da duros a cuatro pesetas!
Resulta que ellos tienen la delicadeza y consideración de publicarme mi novela, previo pago por mi parte de los costes totales y después, siguiendo con su talante delicado, ¡me dan el 50% de las obras! ¡Qué generosos! Si es que en esta vida aún queda gente honrà, no sé por qué van diciendo por ahí que ya no hay. Eso lo dice gente como mi amigo Fuckowski ¡que es más mal pensao!
Como el marido que le pega a su mujer y después le dice ¡no te quejes que te podía haber matao!
Cuando era pequeña, participé en unos juegos florales y quedé segunda. La que ganó se fue de viaje a Melilla y me escribía postales explicándome el calor que hacía y lo aburrido que era aquello. Otro año que tenía que cantar en el concierto de fin de curso, elegí "Cantares" de Machado y Serrat, pero mi profesor me hizo cambiarla por "La Saeta" porque la otra ya la habían cantado el año anterior. La mañana del concierto me puse mala ¡con una febrada! No sé como mi madre no se dio cuenta de que el termómetro había sido "manipulado" (las bombillas ¡cómo calientan!). Cada semana echo a la primitiva aunque no quiero, pero es que me sé los números (que siempre he echado a los mismos) y aunque no quiera tengo que hacerla porque si me entero que han salido ¡me muero! o me matan, que no sé que es peor. No quiero que me pase como a mi padre que sus últimas palabras en el lecho de muerte fueron para la Santa Primitiva, pero al paso que voy...

Cuando le preguntaba a mi abuela si era guapa, me decía que era "mu salá", cuando le preguntaba a mi madre si me quería me respondía "cómo no te voy a querer". Supongo que quería decir que sí.

Así que llegado a este punto de mi vida, con cuarenta años y sabiendo ya quién son los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez, he pensado que les voy a decir que no. Que no hace falta que se tomen la molestia de poner mi novela en una máquina impresora de esas que hacen mil impresiones (o más) por minuto y se dediquen a hacer libros con mis ahorrillos. Que no es necesaria tanta molestia.

Total, cualquier día me toca la primitiva...

viernes, 17 de junio de 2005

Aniversario

Era un día radiante de sol. Se despertó temprano y estiró los brazos desperezándose al tiempo que sonreía. El vestido colgaba de la barra de la cortina, expuesto como un cuadro a los ojos de su dueña. No era muy dada a ese tipo de florituras, pero no se sabe por qué ese día lo transforma a uno en un ser extraño.
Un café con leche para desayunar y después abrir la puerta que viene la Nuri. "¿Estás nerviosa?" pregunta que se repetirá durante el día en innumerables ocasiones en las que irá variando la respuesta en relación a la proximidad del momento crítico.
Pero ella no está nerviosa, está aburrida. Aguanta hasta las doce del mediodía antes de romper con la repetida amenaza de que no debe verle, trae mala suerte. Pero las ganas pueden más "¿te apetece tomar un vermouth?, ¡pues claro que me apetece!, te espero". La risa de los dos al verse es significativa, de la opinión que tienen de la suerte, y de las ganas de verse.
Saben que es un día especial, el primero de algo que comienza para durar. Saben que el camino no es fácil, conocen el percal, no es su estilo el engañarse. A pesar de ello, se sienten felices.
Ella regresa a casa para comer, toca mucho el plato, lo mira, le da vueltas. Después de un tiempo prudencial que permita a sus progenitores un mínimo de cancha, se levanta y se va a la ducha.
Montse viene a peinarla, no es peluquera, es solo una compañera de trabajo a la que le gusta peinar. Ella no quiere cosas raras, ni alcachofas, ni ensaimadas puestas sobre su cabeza. Sus rizos y un discreto tocado. Muy discreto. Quiere que la vea a ella, no a una caricatura de sí misma. Él sabe quién es, no tiene nada que ocultar.
De pronto llaman a la puerta "¿quién es?, el fotógrafo, ¿yaaaa? Pero si aún no estoy vestida". Con él llega la Toñi, va a ayudarla a vestirse, tantos años siendo amigas y ese nudo en la garganta.
Una vez dentro del vestido una sensación de solemnidad se apodera de ella. Ahora sí, ahora ya está segura. Cuando llega a la Iglesia, una sencilla parroquia de barrio donde todo el mundo se conoce, del brazo del Nono, que además es su padre, tiene ganas de llorar. Suena el canon de Pachelbel y su melodía en crescendo va acelerando sus latidos. El altar está vacío. Con las notas del canon un montón de amigos se levantan de su sitio en los bancos y lo visten, las flores, el mantel, las guitarras. Él entre ellos, como uno más. Ella contemplándolo con una sensación entre dulce y amarga. Dulce porque llega y amarga porque se va.

Dieciséis veces han celebrado aquel momento. No hay regalos del Corte Inglés, ni tartas con su fotografía. Sólo un "por tus defectos más que por tus virtudes" y un vermouth en una terraza al Sol.

sábado, 21 de mayo de 2005

¿Quién es Antonia Romero?



Nací en Barcelona. Bueno, en una clínica de Barcelona, al menos eso dice mi madre, porque yo no me acuerdo. Eso ocurría el 20 de febrero de 1965, por lo que soy piscis por los pelos.

Mi profesión, o eso que haces para que te paguen un sueldo a fin de mes, es administrativa. Soy funcionaria de la Generalitat de Catalunya. Nunca he digerido ninguno de los dos conceptos: administrativa y funcionaria. Pero este tema daría para una novela. Mi vocación es escribir, cuatro novelas y varios relatos son mi equipaje.

A los ocho años leí mi primer libro "La pequeña Dorrit" y ya no pude parar. Combiné durante años jugar a polis y ladras con "Los cinco se van de camping", el pichi con "Las aventuras de los tres investigadores", la comba y la goma con "Las mellizas en Santa Clara". Hasta que finalmente la estatura y otras partes prominentes de mi cuerpo me impidieron seguir jugando a esos juegos. Pero no me
impidieron leer.

Me gusta el cine clásico, las películas en blanco y negro. Una de mis favoritas: "La loba", de William Wyler. Leo de todo, no tengo un tema favorito. El libro que más me marcó: "La hora 25", de Virgil C. Gheorghiu, una maravilla, lo recomiendo.

A pesar de mis 40 años se me sigue poniendo el vello de punta al escuchar "Another man's woman", de Supertramp, aunque no tengo ni idea de qué dicen. Lloro con el "Adagio" de Albinoni y Billy Joel es mi solista favorito. Me sorprende que Manolo García me comprenda tan bien, sin ni siquiera conocerme y creo que Ella Fitzgerald sería una estupenda compañera de viaje.

Reconozco un buen amigo en las risas que compartimos. Me encanta el helado en todas su formas y no soporto a la gente que no valora las cosas importantes: el viento entre las hojas de los árboles, una tarde de sol o una caricia.